lunes, 29 de septiembre de 2008

La crítica cinematográfica

Felices juicios

Ruy Alfonso Franco

Ahora que mi hijo mayor incursiona en la crítica cinematográfica en la radio y que el puerto bulle de algún modo de pasión por la realización cinematográfica, que se hacen muestras y concursos de cine independiente y amateur, y que son los jóvenes quienes pugnan por un mejor cine en Mazatlán participando en cursos y cine clubes, sería oportuno observar lo que implica la cinefilia cuando se exige del amante del cine algo más que asistencia devota; lo que significa el ejercicio de la crítica cinematográfica.

Es decir, no basta con referir que “a mí gusta mucho el cine” y por eso ya estamos capacitados para criticar —o hacer cine—.



La crítica cinematográfica tiene mucho de subjeti­vo por aquello de la apreciación personal, lo cual es totalmente cierto, téc­nicamente hablando. Sin embargo, la subjetividad no radica únicamente en los enfoques, sino también en la forma con que se aborda el objeto anali­zado en un ejercicio periodístico que, se supone, debe ser especializado. Pero no siempre es así.


Este problema, como la oferta insuficiente de buen cine en provincia, el escaso o nulo conocimiento sobre la materia de muchos cinéfilos, fanáticos más bien del cine comercial, y la cerrazón pública al cine de arte o no convencional, son en parte algunas de las batallas que hay que salvar quienes asu­men por amor y pasión la tarea de difundir la cultura cinematográfica. Pero es la formación del crítico la que más debe preocupamos, porque de la calidad de su trabajo dependerá el éxito que sobre la opinión pública tenga, como sus consecuentes beneficios al atraer hacia el mejor cine un mayor número de adeptos.



En el análisis fílmico que refleja “las premisas básicas de la crítica litera­ria”, encuentra, dice Bernard F. Dick, “que la crítica de un medio requiere el conocimiento de lo que puede y no puede hacer ese medio, y que este conocimiento se obtiene aprendiendo la teoría detrás del medio”
[1]. No basta, pareciera decir, ser un fanático del cine, porque no se trata de escribir cuánto nos gustó o no cierta película, sino de cumplir una función social al informar, orientar, instruir, incluso divertir, como bien señalan los manua­les de periodismo.

“Crítica también puede equivaler a revelación. Esto sucede si se aportan principios fundamentales que no existen en el medio en el que surge; si llegan a descubrir, para el creador y para el público, una parte de la verdad artística o social que se halla oculta, o bien si con claridad y precisión se logra hacer un balance de las aportaciones del objeto criticado y las sitúa, aclarando su importancia, dentro de la corriente general e histórica del de­venir estético”
[2], señala conciso Alberto Dallal.

Con estas mínimas precisiones, debe darse al escrutinio el trabajo que muchos críticos terminan por hacer, elucubrando probablemente inútiles banalidades, presunciones eruditas para impresionar —al ego— o, en el mejor de los casos, creyendo que si entienden a Ingmar Bergman, Wim Wenders o a Akira Kurosawa, igual dominarán la metafísica, la pintura, la li­teratura y todas las demás artes que cretinamente creen ilustrar.

Cierto “que la crítica periodística importante requiere que sus creadores posean una visión cultural amplia y una actitud analítica abierta a la com­prensión”
[3], sugiere Dallal. Pero eso no los hace todólogos. “Especialización o especialidad se refiere concretamente a la parte de una ciencia o arte a que se dedica una persona; cosa que alguien conoce o hace particularmente bien”, enuncia el Diccionario Larousse usual.



Y es que tal vez el hecho de propinar un juicio duro o halagador sobre la obra y su creador haga sentir un poco dioses a los críticos necios, porque construyen y destru­yen a placer; lo que les hace olvidar sus evidentes limitaciones. Nery Córdoba en El ensayo, centauro de los géneros, llama a la refle­xión sobre dicho estilo y la superficialidad de muchos periodistas, colum­nistas de pluma casquivana improvisando juicios en donde “se juzga, se absuelve o se condena. Las dudas ya no dialogan con las certezas; los pre­tendidos ensayos son más bien reestrenos de afirmaciones, opiniones que pasan como verdades incuestionables...”
[4] En ese sentido los críticos suelen caer en la complacencia, ni duda cabe. Las necesidades del medio y sus tareas habituales los obligan a escribir de prisa, abusando de la memoria, confiados en sus habilidades. De modo que se investiga po­co y se reinventa mucho.

Y por supuesto, ni hablar de los fanáticos que sólo leen revistas comerciales de cine sin leer literatura seria y ven exclusivamente cine gringo.

Las deficiencias del crítico cinematográfico (profesional o no) saltan a la vista cuando su crítica es una anécdota mí­nima o es su ensayo tan erudito que se aleja de los mortales. Lo peor del asunto es que no hay una fórmula mágica para hacer al crítico bri­llante y oportuno, grato y confiable. Sólo, si acaso, aquella recomenda­ción del viejo bibliotecario que no únicamente cuidaba los libros, también los leía y rezumaba una humildad avasalladora; el escritor debe prestar atención a cuatro cosas: tener algo que decir, contarlo, saber hacerlo y quedarse callado después.

Así pues, queridos jóvenes cinéfilos, aparte de aprender siempre un poco más del cine, de su lenguaje, técnicas y estética, también es conveniente ser prudente frente a la opinión de otro que destroza o alaba en exceso una película, así como objetivo frente a la calificación o descalificación de un film nomás porque no tiene mucha acción o es el estreno esperado del verano... Por eso habrá que buscar con paciencia más información y escuchar o leer otras opiniones, siempre abiertos hasta en­sanchar los criterios, el gusto y nuestra no siempre bien ponderada, sensa­ta, decisión.


Como diría, parafraseándolo, el extinto Bob Ross: Felices juicios.


[1] DICK, BERNARD F., Anatomía del film, p.14l y 142.
[2] DALLAL, ALBERTO, Periodismo y literatura, p.16.
[3] ídem.
[4] CÓRDOBA, NERY, El ensayo, centauro de los géneros, p.12.


Viñetas: Bansky

domingo, 21 de septiembre de 2008

¡Ya basta!

Ira güey, neta

Ruy Alfonso Franco

“Desde la perspectiva neoliberal, los niños mexicanos ya no necesitaban formación cívica: la globalización había llegado y su destino era ser consumidores más que ciudadanos. No debían cuestionar su condición: los homenajes patrios eran el mejor camino para mantenerlos ordenados, sumisos ('niños eternos separados por la distancia del brazo y por el ‘guarden silencio'), y dispuestos a escuchar discursos políticos sin significado. Estaban obligados a seguir siendo mexicanos sin ser ciudadanos, ni de su país ni del mundo.

“Es inútil enseñar historia, dijeron los tecnócratas, y se acabó el conocimiento de las culturas prehispánicas. Hay que fortalecer las competencias básicas —dijeron—, aritmética para ser buenos trabajadores y escribir para firmar pagarés bancarios. Más aún, hay que entrenar a los niños para llenar bolitas en los exámenes porque la globalización económica no necesita poetas ni literatos. La educación cívica tampoco es necesaria —dijeron—, y desaparecieron los libros de civismo, pero se mantuvo la apatía ciudadana con muchos homenajes patrios en los que la bandera era transportada por soldados mientras México se ponía en venta: ferrocarriles, teléfonos, carreteras, líneas aéreas, bancos, educación”. (Educación cívica sin civismo, Hernando Hernández, http://www.elrincondehernando.blogspot.com/)


Tanta violencia, la saña con que se cometen los crímenes, la impúdica ostentación del poder de las armas, la prepotencia de asesinos, asaltantes, policías municipales, estatales y federales apabullan a cualquiera. No bastó con la violencia de las películas, series de televisión, canciones, noticieros policiales, ni el pútrido fútbol a toda hora, ni el lenguaje popular agresivo para desahogar frustraciones, propias y ajenas. No. Había que demostrar quién es quién en este país de ciegos, sordos y mudos.

Por eso me da risa cuando Felipe Calderón y su corte juran y aseguran que mantienen a raya a los villanos, pero es mentira: todos los días, a lo largo y ancho del país aparecen más ejecutados, secuestros o asaltos. Y como siempre, estos neopolíticosadministradores de Harvard todo lo quieren resolver con más agentes y dinero, mientras la sociedad es la que queda entre el fuego cruzado, con todo y sus marchas blancas ingenuas, veladoras y rezos, y el protagonismo ridículo de algunos idiotas buenos para nada.

Señores, no nos hagamos tarugos, sabemos perfectamente quiénes son los culpables de todo este caos: son los políticos mercenarios, los empresarios monopolistas y las ineptas autoridades corruptas. Un pueblo ignorante les ha facilitado manipular a sus anchas y han buscado afanosamente mantenerlo postrado con un sistema educativo nefasto y elitista, con salarios humillantes y una legislación siempre a favor de los que más tienen. ¿Por qué extrañarnos que la delincuencia sea ahora incontrolable, si sus principales socios se encuentran trabajando en oficinas del gobierno, según se ha denunciado multitud de veces en los medios de comunicación y libros especializados en los últimos 40 años?



La corrupción por ellos propiciada —gracias a su infinito valemadrismo— es hoy ley tácita en todo mexicano, que lo aprende desde niño cuando desde su propia casa observa a sus padres corromper o dejarse corromper inevitablemente; en las escuelas porque maestros y autoridades educativas están más preocupados en aparentar eficiencia cuando la enseñanza es mediocre; porque los sindicatos son antes que nada una agencia de colocaciones y una maxipista de tráfico de influencias; porque los políticos buscan afanosos puestos de elección popular para enriquecerse a costillas del erario; porque los gobernantes mienten descarada y sistemáticamente; porque los verdaderos negocios se hacen en lo oscurito y bajo la mesa; porque a nadie parece interesarle, de veras, la educación como única solución para acabar con todo eso, cifras negras a nivel internacional lo evidencian: ocupamos desde hace 40 años los últimos lugares en aprovechamiento educativo.

¿Qué de raro tiene, entonces, que los narcotraficantes hayan impuesto ahora su impronta, si al fin y a cuentas es el único remedio para salir de jodidos miles de mexicanos que viven muriéndose de hambre en pueblos percudidos?; si con la corrupción completan su magra quincena o gasto diario policías mal armados, tránsitos asoleados, inspectores cebados, supervisores mosqueados, jefes de oficina aburridos, secretarias parlanchinas, maestros amargados, obreros desilusionados, empleadas domésticas explotadas por patronas gordas, almacenistas fóbicos, médicos de picaporte, abogados centaveros, reporteros sudorosos, ingenieros atolondrados, contadores grises, mecánicos incrédulos, albañiles abstemios, electricistas con pie de atleta, amas de casa un poco tristes, estudiantes aterrados por pasar y otros tantos que no vinieron hoy.

¿Qué nos sorprende que se haya ido perdiendo gradualmente el respeto que otrora se tenía a las autoridades, si fueron éstas las primeras que le perdieron el respeto a todos?; si vamos al IMSS una enfermera, médico o afanador cualquiera nos tutea sin medir segundas o terceras edades; si un alumno soberbio se pone al brinco con el maestro; si cinco tipos con cachucha arriba de una camioneta con torreta, placas de policía y armados provocativamente inspiran más miedo que confianza; si el funcionario de cuarta pone trabas a todo esperando que le llegues al precio; si para encontrar trabajo en verdad no importa tanto la preparación, sino a quien conozcas dentro para acomodarte gracias a las palancas de amigos o parientes; si estudiar mucho no impresiona a nadie, pero si metes goles o noqueas recio te ponen altares; si ser honrado es sinónimo de pendejo y "no avanza el que no tranza".



¿Qué nos asombra que ocupemos últimos lugares en aprendizaje, si los propios profesores son tan ignorantes como sus alumnos?; si gracias al papá maestro el hijo pudo acomodarse dando clases sin estar del todo preparado; si estudiar la universidad es un lujo; si el máximo de palabras que puede hablar un universitario apenas llega a 300, cuando deberían ser mil; si el mexicano apenas lee medio libro al año; si sólo leen unos 15 millones de mexicanos; si sólo el 2% de los egresados ejerce su carrera; si eres un nerd, un matado, un aburrido si estudias; si en el barrio valen más los madrazos que las palabras; si Cuautémoc Blanco es más conocido que Vicente Leñero; si los patrioteros no saben quién es Josefa Ortiz de Domínguez; si los ridículos le ensartan su banderita al carro sintiéndose patriotas pero mueren por un dólar, dicen ok, adoran MacDonalds, anhelan visitar Disneylandia y su trasero dice made in USA; si los bobalicones de la Academia cantaron cursis el himno nacional cuando jugó la selección contra Canadá.

¿De qué sirven las leyes si éstas protegen a los delincuentes y a gente de dinero?; si agarran a narcos y secuestradores pero al rato los sueltan; si por matar a alguien apenas reciben unos años; si cuentan que en las cárceles hay más inocentes pobres que culpables ricos; si las principales autoridades están coludidas con los facinerosos; si los abogados se aprovechan descaradamente de sus clientes; si los jueces se venden; si el Fobaproa y los afores fueron un artilugio jurídico a favor de los banqueros; si todos los días se cometen actos inconstitucionales: cobros de impuestos indebidos o excesivos, alza criminal de precios a la gasolina y alimentos básicos, retenes, retención de licencias o documentos del carro, intereses sobre intereses.



¿Qué nos escandaliza que hasta en los deportes olímpicos seamos una vergüenza si el mexicano promedio no tiene disciplina, es flojo y desordenado?; si siempre llegamos tarde a donde sea que vayamos; si nunca cumplimos a tiempo nuestro trabajo o compromisos; si la educación no está entre nuestras prioridades pero sí en demostrar cuán chingón soy, aunque sea de palabra o con hechos ridículos: bautizos, quince años o bodas, por ejemplo, son la gran oportunidad de “echar la casa por la ventana”, nomás pa’ que vean vecinos y parientes que sí puedo; andar enjoyado es cosa de estatus, traer ropa acá es primordial, llevar lentes para el sol como signo de distinción es vital, tanto como traer bolsas de Fábricas de Francia para que vean que yo sí puedo; si para un estudiante universitario el sinónimo de éxito es “casa, carro y vieja”; si somos los reyes del ya merito, del espérame tantito, mañana te pago, ai’ pa’lotra, pos ni modo, qué se chingue, me vale madres, aquí mis güevos, mis chicharrones, ni madres, pa’ qué voto si de todos modos gana el mismo, si Dios quiere, es que Dios así lo quiso.

Para qué nos defendemos, si con un güey en la punta de la lengua, blasón de nuestra ignominia, está todo dicho.


Ilustraciones: Revista El chamuco y los hijos del averno

domingo, 14 de septiembre de 2008

¡Ya basta!

Narco’s style

Ruy Alfonso Franco

Todavía recuerdo el techo de la casa de mi tía Adela a donde subíamos a dormir toda la familia. Para mi primo José y yo, que éramos los chiquillos, las noches calurosas del Mazatlán de fines de los 60 simplemente eran de juego. Pero también veía con enorme curiosidad a algunos vecinos dormir en las banquetas o porches de sus casas, entonces nadie temía que los fueran a asaltar, secuestrar o a matar en medio de una repentina balacera, con todo y que estábamos en la Francisco I. Madero, uno de los barrios más pobres del puerto.

Ahora todos vivimos en la zozobra, ricos y pobres, hombres y mujeres, ancianos y niños, porque el estado de violencia que vive México es tal, que ya no cabe aquí ni siquiera la exageración. A diario los narcotraficantes matan gente, culpable o no; los secuestros se han vuelto una industria en jauja; las extorsiones se practican incluso desde las cárceles; y cada vez son más jóvenes los delincuentes, pues van de los 17 a 23 años en promedio, según las páginas policiales. Es tan grave el deterioro social en el país, que nada de raro tiene que muchos conozcan a algún narco en persona, sea por el descaro con que éstos se exhiben o sencillamente por intuición, porque de pronto en la colonia fulanito levantó un caserón de la nada, todos traen unas camionetotas y andan enjoyados hasta las patas.


Atrás quedó esa época en Mazatlán donde lo más violento eran los mongoles (esas pandillas de inicios de los 70) y la noción del narcotráfico se reducía a Manuel Salcido El Cochiloco, del que pocos conocían su paradero; donde los corridos aún hablaban de hombres bragados en el México rural, que con machetes o pistolas dirimían sus diferencias, casi siempre por amores amargos; donde la música norteña eran tipos con tejana, bajosesto, redoba y acordeón cantando con voces de pito ahogado:


Por mis canciones sabrás
cómo me la ando pasando
rumbo de amores distintos
ando en el mundo probando.
Ya ves mancornadora,
a qué te supo ese trago;


donde las balaceras eran tan extrañas como casi ignotas las AR15 y Culiacán se llevaba las palmas por bronco, porque por ahí cantaban canciones raras a tipos oscuros Los Tigres del Norte y Chalino Sánchez, pero pos ni en cuenta; donde los jóvenes nos diferenciábamos por ser rockeros, románticos/fresas/poperos o cheros, y qué esperanzas que una muchacha se fijara en alguien con sombrero y guaraches con la camisa de fuera, porque el adolescente promedio quería ser como John Travolta y los de la UAS como el Che Guevara, pero ni por accidente como Rigo Tovar.

Hoy rifan el estilo bandero y el narco’s style, que viene siendo casi lo mismo; las chicas te dicen güey y no hay pedo, aunque las más salvajes agregan vete a la verga. A cambio recuerdo de aquella época Contrabando y traición como algo inusitado en la radio porteña, porque a los plebes nos llamaba la atención que cantaran: iban las llantas del carro / repletas de yerba mala… y lo pegajosa que era la rola de los Tigres. Entonces ésa era la “violencia” que conocíamos.


El cine mexicano estaba atascado entre medias, tacones dorados y salones rojos en donde lucían Sacha Montenegro, Isela Vega, Jorge Rivero, Andrés García y La Corcholata (Carmen Salinas); los hermanos Almada eran pistoleros de pueblos fronterizos en un viejo oeste muy bizarro, ya en un franco chili western tardío, o chinos —a fuerzas— peleando al estilo kung fu, intentando imitar las cintas hongkonesas tan populares entre la chamacada; y el cine más serio hablaba de tragedias censuradas en Las poquianchis, El castillo de la pureza, Canoa o El apando, donde la violencia emergía de historias reales de nota roja, sí, pero de gente vil que no tenía nada que ver con nosotros, pensábamos al santiguarnos. En la televisión eran impensables las malas palabras y sabíamos del caso extremo de Chucho Salinas, Héctor Lechuga y Manuel Loco Valdés que llegaron a vetarlos en Televisa por burlarse de Bom-Berito Juárez.

La violencia cinematográfica creíble era cosa de Hollywood y sus cintas de mafiosos italianos en Nueva York, demonios abusando de lindas nenas, tiburones asesinos en playas turísticas, terremotos en Los Ángeles, California o espadas láser en guerras galácticas con naves hiperveloces estallando espectacularmente. Cierto, Rod Stwart, Alice Cooper y Ozzy Osborne escandalizaban a las multitudes por sus desplantes en el escenario; cierto, ya habían atrapado a Paul McCarthy, John Lennon y a Osborne por traer drogas, y sabíamos que Jim Morrison, Janis Joplin y Jimmy Hendrix habían muerto por sobredosis. Pero eran los pinches gringos locos. En México los más heavys eran los del Three Soul in my Mind, Javier Bátiz y chance los Dug Dugs, pero pos nosotros los morros ni en cuenta.

Cuesta trabajo asimilar cómo es que caímos en la barbarie en serio, cuando a mediados de los 70 los adolescentes éramos tan ingenuos que aún jugábamos en la calle trompos, valeros, canicas, tacón, cuartas, hombre, hasta los encantados con tal de estar con las muchachas. La mayoría se persignaba al pasar por una iglesia, no decíamos majaderías frente a los adultos, les cedíamos los asientos en el camión a los ancianos y nos poníamos muy guapos si íbamos al cine. Las fiestas eran tardeadas que terminaban a las siete y los adultos empezaban las suyas a las ocho de la noche; las drogas, aunque existían, sabíamos poco o nada de ellas, porque por esos años sólo los más perdidos terminaban fumando mariguana, tragando pastillas o inyectándose heroína, que era de pleno lo peor. La cocaína muchos ni sabíamos que existía.


Había pleitos entre pandillas que empezaban a crecer por una méndiga película que nos llegó a fines de los 70, que hablaba de los cholos chicanos y que junto a Los guerreros (Walter Hill, 1979) causaron revuelo entre los plebes más azotados. Fue que se puso de moda en los barrios jodidos del puerto los Dickies, convers y las franelas a cuadros que portaban chavos con cara de matones, muy acá. El rap no hacía su aparición y los locos escuchaban a todo volumen en las esquinas viejas canciones de Los Creedence y Queens. Cierto, me asaltaron dos veces al pasar las vías del tren cuando regresaba de la preparatoria en la tarde y después que salía de la universidad ya noche; cierto, conocía a los raterillos pues crecimos en la misma colonia, pero ya andaban muy perdidos que ni si quiera reconocían a los vecinos; cierto, seguido se perdían tanques de gas, ropa de los tendederos, grabadoras y hasta comida de las casas; seguido había pleitos, gritos y hasta pedradas de calle a calle, al igual que inundaciones cada que llovía, picaduras de alacranes por vivir entre la tierra y techos de lámina, desnutridos con panzas de bule y borrachos casi todos; el gremio trabajador se componía de meseros, cantineros, músicos y putas en el Siete, y los demás eran albañiles, pescadores, mariguanos o asaltantes, vecinos todos. ¿Pero qué barrio pobre de esta sufrida América Latina no tiene semejante joda?

Y con todo, la violencia cruenta se dilucidaba entre gatilleros, pero jamás contra el pueblo indefenso.

Lo más violento de esa época, recuerdo, era la existencia del PRI en el poder y sus raterías, la impunidad obscena con que se dirigían líderes sindicales, políticos y gobernantes, y la constante amenaza de éstos contra los críticos del sistema, de la que periodistas, intelectuales y artistas sufrían fatídicamente, pues a muchos los encontraron asesinados en canales, barrancos y lagunas. La violencia más común de la que supe de joven a través de la revista Proceso, fue la que recibían a diario campesinos despojados de sus tierras, indígenas humillados y votaciones populares fraudulentas; el abuso contra los más pobres, carestía y derechos civiles violados a manos, siempre, de gobernadores miserables y presidentes pérfidos.


Y con todo, la violencia cruenta nunca fue tan cínica.

¿Pero ahora? Seguimos soportando aberraciones contra el pueblo, a los políticos estúpidos y ahora a los panistas con doble moral, ignorantes y perversos; a Felipe Calderón inepto y mentiroso, al ejército transgresor, a la policía corrupta, a los narcos y remedos, balazos y pobreza.


Violencia y miseria. Uta, así está cabrón.


Viñetas: Revista El Chamuco y los hijos del averno.
Ilustraciones: RAF

domingo, 7 de septiembre de 2008

Pintura

Los árboles de Víctor
Ruy Alfonso Franco

Nunca pensé sino en salir del mal paso
y ponerme a vivir como si fuera necesario.
Hundido un poco o lo bastanteme
dí un par de años para largarme
¿Y mientras tanto?
El pulso sin descanso.
El pulso sin descanso.
(Planeta sur, Enrique Búnbury)
El recuerdo más remoto que tengo de Víctor es de una tarde cualquiera sentado con audífonos escuchando a Queen, al iniciar la clase en un aula de la Facultad de Ciencias Sociales, de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Luego de uno o dos semestres más bien insulsos, de Víctor no supe más salvo de su enorme seriedad, y otra tarde, un par de años después, se paró inusitadamente con su enorme seriedad a la puerta de mi casa, con unos cuadros debajo del brazo: estaba ahí para invitarme a una exposición de pintura y dibujo en los pasillos de la escuela por no recuerdo qué motivo.


De entonces a la fecha han pasado unos 12 o 14 años, una película, varios cortos, videoclips y colaboraciones mutuas en tantos proyectos como la inspiración, la afinidad, el capricho y la amistad profunda nos ha permitido. De entonces a la fecha Víctor pasó de ser un alumno de enorme seriedad y muda existencia, a un entrañable amigo de explosiva creatividad, de varias exposiciones colectivas e individuales, de cuadros maltrechos en sus inicios a otros de gran expresividad; de admirar a Víctor por su enorme seriedad, paciencia y fidelidad, a descubrir en él a un apasionado artista con fogoso talento que enciende a quien se acerca.

De entonces a la fecha vi que su enorme seriedad era una coraza contra los intrusos de su mundo particular y que en éste hay de todo menos el ostracismo con que los demás lo suelen pensar; que tiene un sentido del humor asesino y que sus sentimientos están en constante ebullición, que cuando se queda mirando a la nada sin hablar ni parpadear, no es que esté redimensionando su personal filosofía, sino que se apaga sencillamente antes que perder el tiempo en naderías. De esos instantes, tal vez, luego surgen cuadros de apabullante introspección, de colores que estallan y pasman, de líneas geométricas que adivinan carreteras arteriales del corazón, de guiños, de ojos grandotes, de trazos rudos y pincelazos discretos que arrebujan el alma.



De entonces a la fecha me consta que Víctor Higadera es un artista que ilumina con sus cuadros delirantes; que Víctor Higadera crece como un árbol fuerte de frondosas ramas e idílicas raíces que salen de sus entrañas; que llena de orgullo trabajar a su lado, de encontrarlo en el camino, de saberlo roble, de verlo raíz, de cubrirse con su ramaje fraterno. De entonces a la fecha Víctor Higadera está hoy aquí con sus árboles amigos, a festejar la naturaleza de la existencia, de los profundos vericuetos de sus heridas y alegrías, las de todos que ven en sus cuadros rotundas huellas, con queso y añejo.



Pinturas: Víctor Higadera
Fotografías: RAF

martes, 2 de septiembre de 2008

Cine y cultura

Cine: aprendizaje para la libertad (II)

Ruy Alfonso Franco

Cuando el sistema social mundial se moderniza, dice Ianni[i], el mundo empieza a parecer una aldea global. Y el signo por excelencia de la modernización parece ser la comunicación. La aldea global es una expresión de la globalización de las ideas, patrones y valores socioculturales mundiales, universo de signos y símbolos, lenguajes y significados que debemos comprender. El que no lo haga está perdido y a merced de quien los domine, porque está claro que los medios de comunicación están gobernados por imposiciones políticas, culturales, religiosas y económicas. Son empresas, corporaciones y conglomerados que compiten en los mercados por clientes y audiencias. Incluso McLuhan compara a “la tecnología como una extensión del cuerpo —cita Ianni— (en donde) la red de comunicación es una extensión del sistema nervioso (y la televisión) nuestros ojos, el teléfono nuestra boca y oídos. Nuestros cerebros son los de un sistema nervioso que se extiende por todo el mundo”[ii]. En otras palabras y a decir de Parsons, la sociedad es un sistema de interdependencias compuesto por un conjunto de patrones estructurales que incluye controles para la acción social.



Estos elementos incluyen las relaciones, los procesos y las estructuras de dominación política y de apropiación económica que se desarrolla más allá de toda frontera, desterritorializando cosas, gente e ideas, realidades e imaginarios. Y en la base de la aldea global está la información y las técnicas electrónicas que componen la vasta y laberíntica máquina universal que opera multitud de mensajes y está presente en todos los lugares como un sistema de signos y símbolos. Simultáneamente, este sistema se transfigura en un texto complejo, un hipertexto, un conjunto de nudos ligados por conexiones (nudos que pueden ser palabras, imágenes) manejados por un grupo de especialistas que a su vez promueven políticas. El político, sin embargo, mantiene la preeminencia en la definición de los objetivos de la acción y por lo tanto, domina la conceptualización de los fines. He aquí la gravedad del caso: una tecnología global en manos de un grupo dominante. Al lado del líder y del partido o encima de ellos, se colocan los medios, emblema de un intelectual colectivo de amplias proporciones difundido por el mundo y que influye en mentes y corazones, explica Ianni.

Contra esto, es preciso dar a la educación dos metas importantes: por un lado, la formación de la razón y la capacidad de acción racional, sostiene Touraine apoyándose en Weber; por el otro, el desarrollo de la creatividad personal y el reconocimiento del otro como sujeto. El primer objetivo es el conocimiento y el segundo es el aprendizaje de la libertad, si cada uno de nosotros se construye como sujeto y nos damos leyes, instituciones y formas de organización social cuya meta principal sea proteger nuestra demanda de vivir, precisamente, como sujetos de nuestra propia existencia. Sin tutelas ideológicas de instituciones como el Estado y mucho menos de los medios de comunicación.




De ahí la vital importancia de comprender la forma y el fondo de los medios, en este caso del cine. Y la historia, apreciación y realización cinematográfica serán no sólo necesarias, sino estratégicas para comprender el alcance y difusión del mensaje. Porque al final estamos todos recibiendo una cantidad impresionante de imágenes, que no es sinónimo de calidad; y aunque veamos hoy más cine vía televisión, “esta proliferación de la imagen, considerada como un instrumento de información, (más bien) acentúa la tendencia del hombre moderno a la pasividad”
[iii] si mantenemos una actitud indolente. La extensa oferta de películas en salas, videos y en más de cien canales de televisión, contribuye a la cinefilia de los públicos sin duda. ¿Pero hasta qué grado el incremento de opciones en cintas violentas, vulgares y pornográficas contribuyen al desarrollo cultural del individuo? La declaración del extinto jerarca de Televisa, Emilio Azcárraga Milmo, nos da luz al respecto cuando advirtió que su programación estaba “diseñada para los jodidos”[iv]. Es decir, el consumo en tales circunstancias simplemente resulta deplorable, pues el individuo queda copado entre su propia decisión y la estrechez intelectual del hombre-masa que decide los fines de los medios.

Porque de algún modo, explica Weber
[v], la función del individuo no es mecánica después de todo, ya que éste tiene voluntad para transformar a la sociedad con su acción social. Por eso Weber se pregunta por qué los individuos obedecen, a qué o a quién; y sugiere que para entender sus razones, primero habría que estudiar sus actos ambiguamente relacionados, puesto que en cada una de esas acciones se aplica un sentido unido a las causalidades. Esto nos sirve tanto para entender la conducta de la sociedad, como comprender lo más racionalmente posible el fondo de una película con Brad Pitt.



Más irónico Ortega y Gasset expresa su teoría sobre la conducta y voluntad de las masas: “Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone donde quiera. Como se dice en Norteamérica: ser diferente es indecente. La masa arrolla todo lo que es diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el peligro de ser eliminado. (Porque) todo mundo es sólo la masa”
[vi]. En este sentido, más películas no desarrollarían evidentemente al máximo la sensibilidad cultural de la sociedad, mientras la demanda de las masas aparentemente defina la programación de salas y televisión, convirtiendo esto en un círculo vicioso. Si esa demanda se sustenta en el desconocimiento del lenguaje cinematográfico y en las “sugerencias” de los medios, estaremos asistiendo a un estancamiento intelectual, producto de ese autismo cultural referido.

Es fácil entender que sean los medios quienes eduquen y controlen a discreción, formando individuos lerdos con nula participación política, que renuncian al derecho de exigir y criticar. Sobre todo cuando el cine y el consumo general de imágenes exigen una mayor comprensión racional, que permita clasificar y decodificar la compleja estructura y sentido de los múltiples mensajes que llegan a través de esa red tecnológica global que son los medios de comunicación; de esos signos y símbolos que buscan “contactar, sorprender, seducir, convencer
[vii].

Sin embargo, las imágenes, el cine, así como enajenan tienen la doble y reaccionaria virtud de liberar si se les sabe ver. Pero la errónea y quizá involuntaria valoración de las masas sobre el cine y la sospechosa indiferencia de educadores y dirigentes de la cultura, han levantado una barrera entre el raciocinio y los impulsos primarios. ¿Será que tal “desconfianza (...) hacia las formas modernas de la imagen, no es más que la proyección hacia lo que se nos asemeja y por lo tanto se nos escapa”?
[viii] Víctor Hugo ya señalaba del reflejo y la sombra una “cosa inaudita; es dentro donde hay que mirar al exterior. El profundo espejo sombrío está en el interior del hombre... Más que la imagen es el simulacro y en el simulacro está el espectro”[ix], dando por sentado el temor de confrontar realidades que no deseamos y prefiramos evitar. Quizá en parte esto sea el motivo de la bizarra complicidad de las masas contra todo aquello que le refiera su real existencia.



Por eso ver cine equivale para las mayorías pasar un buen rato, diversión simple; y pocos le atribuyen mayor riesgo excepto por cintas obscenas o poco recato ante ciertos símbolos patrios y religiosos, cuando son un atentado moral, un ataque intolerable a los principios sociales siempre resguardados, si bien es cierto de una sociedad curiosa pero incapaz de “abrirse” ante lo desconocido, como diría Octavio Paz. Los espectadores pueden rechazar La última tentación de Cristo de Scorsese por cuestionar el dogma de fe y aceptar sin remilgos las cintas virulentas de Stallone personificando al reaccionario Rambo.



Visto así, el cine no es de ningún modo un inocente espectáculo para divertir, sino un portentoso escenario de reflejos de compleja estructura de códigos decantados, útil para quien los descifre.


[i] Ianni Octavio. Teorías de la globalización, Siglo XXI, 1997, México.
[ii] Idem, p.77.
[iii] Thibault-Laulan, op. cit., p.30.
[iv] Albarrán de Alba Gerardo. Noroeste, 21 de abril de 1997, p.12A.
[v], Weber Max. Economía y sociedad, esbozo de sociología comprensiva, FCE, 1981, México.
[vi] Ortega y Gaset, op. cit., p.106.
[vii] Thibault-Laulan, op. cit. p.28.
[viii] Idem, p.13.
[ix] Hugo Víctor. Contemplación suprema, citado por Thibault-Laulan, op. cit.

Viñetas: RAF

lunes, 25 de agosto de 2008

Cine y cultura

Cine: aprendizaje para la libertad (I)

Ruy Alfonso Franco

La tendencia es tomar al cine no como recurso cultural artístico, sino como un complemento lúdico destinado al ocio, para no pensar —se cree—, porque el ejercicio del pensamiento se asocia al trabajo ¡y el cine se ve para disfrutar, no para trabajar!



La escasa programación de cine de arte o de contenido social en salas y televisión, da una idea de cuáles son las preferencias de las mayorías: cintas en donde las estrellas son, según el género, los efectos especiales o los actores y actrices populares, nunca el intelecto del director. Salvo casos excepcionales como Steven Spielberg, realizador de cintas sentimentales y fantasiosas en las que se explotan los valores humanos de manera muy obvia, como fundamento moral de su discurso (amor y felicidad es igual a éxito-riqueza). El guión, la fotografía, la edición y demás elementos artísticos que reúne la obra, valiosos cada uno en su conjunto (pues conforman la unidad artística) son olímpicamente soslayados. En la idea de que al cliente lo que pida, la industria satisface la demanda de las multitudes con sus temas favoritos. “Lo que significa asegurarle un mínimo de confianza en el mensaje, un mínimo de pasatiempo, un mínimo de felicidad, un mínimo de comprensión. Mínimo que a la vez es un máximo” (según la costumbre publicitaria de ensalzar “lo nunca antes visto”, “el estreno del año”, “como usted lo quería ver”, etc.), puesto que los mensajes tiendan “a reforzar una vida cotidiana favorable al orden vigente”[i], dice Daniel Prieto cuando revisa el contenido de los mensajes en función de los intereses privados.

Porque de los males del desmesurado dominio de los mass-media, está la dependencia ideológica (de “entretener”, pasan a “orientar”), la malformación educativa, la inmovilidad física o mental; la sugestiva sensación de que estamos enterados de lo que, se supone, “debemos” saber y “entender” para llegar a la feliz convicción de que tenemos “lo mejor”; cuando indecisos no hallamos qué de la abrumadora comercialización consumir, ya que los “mejores” productos del mercado invaden los espacios más íntimos. Surge entonces, demoledor, el autismo cultural, entendido aquí como el ensimismamiento del individuo en los objetos y en sus asuntos más que en los demás; totalmente vulnerable por su condición de aislamiento en la que queda el espectador frente al medio.



De la soberbia que endilgaba Ortega y Gasset al “hombre-masa” liberado del siglo XX, pasó el individuo a la indiferencia e insensibilidad en el siglo XXI, atrapado por la tecnología que lo aletarga, paradójicamente. Vivimos, por un lado, en un mundo de mercados cuyos productos nos atraen más por su utilidad que por la pertenencia a una cultura o sociedad; o nos replegamos en una o varias identidades, étnica, sexual, nacional o religiosa. Para superar esto, dice Alain Touraine[ii], es necesario, centrar nuestra vida social y cultural en el sujeto personal (informado y consciente), reencontrar nuestro papel de creadores, de productores y no sólo de consumidores; esto debería ser lo relevante del consumo cultural, el desarrollo intelectual, aunque nos cuesta percibir el espacio del sujeto entre las masas que lo enmarcan y amenazan con aplastarlo. Pero el mayor peligro es el totalitarismo, la búsqueda de la homogeneidad cultural; una recomunitarización de la sociedad, dice Touraine[iii], es una sociedad de masas regulada únicamente por el mercado, en donde el sujeto libre no tiene cabida.

La “libertad” queda determinada, de facto, a la libertad de consumir los distintos productos para masas.

[i] Prieto Daniel. Diseño y comunicación, Universidad Autónoma Metropolitana, 1982, México, p.57.
[ii] Touraine Alain. ¿Qué es la democracia? Fondo de Cultura Económica, 1995, BA, Argentina.
[iii] Touraine Alain. ¿Podemos vivir juntos? iguales y diferentes, Fondo de Cultura Económica, 1997, Argentina.

martes, 19 de agosto de 2008

Cine y cultura

Si no entendemos lo que vemos,
jamás conoceremos al cine

Ruy Alfonso Franco

Lo que más pasa inadvertido —los fines del cine—, lo que menos interesa a los espectadores —el arte—, es lo que vuelve a este medio algo más que un simple “pasar el rato”. Y lo que en apariencia compromete sólo los gustos del individuo, reducidos al género, artista o tiempo disponible para ver filmes, nos lleva a la ineluctable consideración del hecho: si no entendemos lo que vemos, jamás conoceremos al cine.

Pero entenderlo está en chino para muchos y eso hace responsable a la minoría culta.

a) Porque el desconocimiento del lenguaje cinematográfico (su gramática: signos, significados y significantes, símbolos y códigos), impide al individuo comprender la intención oculta en el fondo de la película, pues la estructura del cine responde a una configuración semiótica que debe ser descifrada, de lo contrario el espectador sería manipulado. Y puesto que toda acción social constituye una intención significativa, señala Parsons
[1], eso explica la influencia de las imágenes intencionadas sobre el espectador, que al recibirlas contribuyen a conformar su personalidad. De modo que el cine, como los otros medios, va construyendo las características de su sistema conductual.



Dicha orientación puede surgir por motivos o necesidades diversas, lo que le da energía a la acción (la intención subjetiva de Weber). Significa que los individuos actúan impulsados por motivos o valores, confeccionando un sistema: el sistema cultural, formado por ideas y creencias, por símbolos y patrones de normas o conductas; el sistema de la personalidad, la profundidad de las normas sociales vigentes del grupo; y el sistema social o la estructura social. Los actores (individuos) existen en relación con dicha estructura social, ocupando un status, un papel en función de otros. Su relación será funcional cuando el organismo controle y regule a los individuos a modo de conservación del sistema. Claro que esta funcionalidad puede presentar rupturas o disfunciones (como diría Merton), cuando el comportamiento del individuo choque con las normas vigentes y entonces el propio sistema se encargaría de sancionar al infractor, legal o moralmente a través del sentimiento de culpa o vergüenza, reclamando respeto a los valores sociales estatuídos, tan socorrido en el cine melodramático que actúa como adoctrinamiento: esto es bueno y esto es malo.

Por eso llama la atención la endeble posición de los públicos, empeñados en ver películas como un simple reducto del ocio, cuando “la acción humana”, que es “cultural, puesto que los significados y las intenciones relativas a los actos se constituyen de acuerdo con sistemas simbólicos (incluyendo los códigos que operan en patrones)”
[2], se vuelve un complejo lenguaje de diversas lecturas que conviene estudiar. Más que nada por la intención subjetiva del director de la película, el productor, el guionista, los actores.

Y hablar de lenguaje significa vérnosla con dos rasgos, según nos advierte Saussure: uno psicológico que compete al emisor (director-productor-actor) del mensaje (retroalimentado por el receptor-espectador con su respuesta: sus reacciones frente a la pantalla, la preferencia por un determinado género o estrella, sus fantasías, etc.); y otro psico-físico: la fonación, el acto mismo de “hablar” (la música-palabras-sonidos del emisor en el momento de interpretar y ambientar la historia). El primero responde a la intención subjetiva de los realizadores del film: qué nos dice (el fondo), y el segundo al cómo nos lo dice (la forma). Los dos rasgos son significativos, pues en su conjunto —por la simbología empleada, obligados por la sintaxis necesaria al relatar una historia completa en un par de horas— constituyen el mensaje mismo.

b) Porque la pasividad intelectual frente a una obra que nunca es insignificante por los mensajes que de ésta se desprenden (el discurso), remite a un estado de inconciencia. Situación que se presta por las condiciones parahipnóticas generadas al mirar la película en una necesario aislamiento, provocado por la fijación de la retina sobre una luz intermitente en la pantalla. La sujeción emocional surge al ver vidas parecidas o deseadas a la nuestra, por ver satisfechos nuestros deseos insatisfechos en los personajes que presenciamos, extensión de nuestras aspiraciones.



De modo que el abandono irreflexivo frente a la película, motivado primero por el desconocimiento del lenguaje cinematográfico y segundo, por la creencia —casi a ciegas— de que el cine es otro modo más de diversión y tal vez el mejor medio para evadirse de las “presiones” y “obligaciones externas”, opina Sue, conduce al individuo a poner escasa resistencia ante el film, entregándose al espectáculo sin pensar si la historia es burda. Pero el espectador se convence de que la película es “muy buena” si los artilugios técnicos de la producción sobresalen espectacularmente (Titanic). Comúnmente este tipo de cine es el más criticado por los expertos y, sin embargo preferido por los públicos porque encuentran ahí un lenguaje menos complejo, más accesible que el cine conceptual. Mas tal sencillez no implica un discurso libre de intenciones; antes bien, la renuncia voluntaria de los individuos a discutir cede espacios a los responsables de la obra, quienes la ofrecen “digerida” bajo la idea de darle al espectador todas las “facilidades” para que degusten el producto sin problemas. Esto termina por controlar indirectamente las voluntades indecisas, lerdas o sumisas del colectivo.

En todo caso los parámetros de decisión para un espectador poco preparado, estarían en virtud de la popularidad de la estrella del film, la sencillez de la historia y la reiteración del argumento. Es decir, la aceptación de la cinta dependerá de los estereotipos y estándares mejor planteados. Por lo que un director y guionista “deberán intentar una difícil síntesis de lo estándar y lo original: lo estándar se beneficiará del éxito pasado y lo original será la clave del nuevo éxito, aunque lo conocido implicaría el riesgo de cansar y lo nuevo de no gustar. No por nada el cine busca a la vedette, la estrella que una al estereotipo con lo individual; el mejor seguro de la cultura de masas, y particularmente del cine”
[3]. En tal caso, la formación de estereotipos se producirá en la medida que la cultura personal sea más reducida y el poder crítico sea más limitado; cuando el individuo se conduzca con ideas preconcebidas o prejuiciosas.

c) Porque la alienación inconsciente, el arrobamiento involuntario del espectador ante las seductoras imágenes (más profunda cuando mayor es nuestro desconocimiento del medio), por supuesto, será consecuencia de los dos primeros rasgos, lo que reduce del individuo la posibilidad de una mejor apreciación artística del objeto; pero también atrofiará la sensibilidad cultural, por la indiferencia ante la causa y razón de lo que nos rodea. “No es el arte un fenómeno al que el hombre deba acercarse en actitud superficial, porque no se desprende (cuando es auténtico) de experiencias superficiales. En tanto que expresa al hombre en su realidad más honda y en sus inquietudes más determinantes, la aproximación que reclama ha de ser cuando menos respetuosa. Así, para llegar a la comprensión del arte, se impone necesariamente una formación que lo permita”
[4].


Y es que el arte induce a pensar en función de nuestro acervo para completar un círculo vital: la información favorece la sensibilidad, ésta la apreciación de las artes que a su vez estimulan sentimientos e ideas, generando, a su vez, una mayor sensitividad cultural. En tal virtud, “el arte, lejos de ser un lujo o un juego es uno de los puntos extremos en que el hombre intenta realizarse, por la práctica del pensamiento y de la creación libre que aquel permite”[5]. Aquí el cine (y los demás medios), como fenómeno cultural que es, no está desvinculado a los problemas económicos, políticos y sociales del mundo, sino que es de donde emerge la sustancia que fundamenta al arte. De ahí la imperiosa necesidad de reconsiderar el aprecio en que tengamos al cine, como un simple objeto de diversión o como lo que es en realidad, una manifestación cultural sensible por cuanto significado guarda.

Lo cierto es que no podemos soslayar el efecto que los mass-media ejercen sobre la sociedad, a través de los cuales se trasmiten mensajes con sentido específico. Por lo mismo, Charles y Orozco recomiendan “que los sujetos, individuales y colectivos, tomen distancia de los medios de comunicación y sus mensajes, que les permita ser más reflexivos, críticos y, por tanto, independientes y creativos; esto es, que se les permita recobrar y asumir su papel activo en el proceso de la comunicación”
[6].

Pero para llegar a este estado de gracia, se debe educar primero a la sociedad para la recepción de medios y del arte, sobre todo. En serio.

[1] Parsons Talcott. La sociedad, perspectivas evolutivas y comparativas, Trillas, México, p.15.
[2] Idem, p. 16.
[3] Notas de clase.
[4] Posada V. Pablo Humberto. Apreciación de cine, Alhambra Mexicana, 1984, México, p.36.
[5] Thibault-Laulan Anne-Marie. La imagen en la sociedad contemporánea, 1976, España, p. 21.
[6] Charles Creel Mercedes y Orozco Gómez Guillermo. Educación para la recepción. Hacia una lectura critica de los medios, Trillas, p. 21.

lunes, 11 de agosto de 2008

Cine y cultura

El lúdico cine, algo más que simple ocio

Ruy Alfonso Franco

Después de la televisión y la radio el cine es el medio que más se consume líricamente, por así decirlo —en directo o a través de la TV—, ya que no se requiere saber algo específico para verlo como sucede con el medio impreso, que exige comprensión gramatical. No haría falta, de primera intención, conocer la estructura cinematográfica ni su contexto social y mucho menos observarlo como fenómeno cultural, lo que hace al cine aparentemente muy accesible por su lenguaje universal, que es el de las imágenes.


Basta asumir al cine como ocio para que las imágenes en movimiento transcurran catárticas, liberando impulsos refrenados ante el éxtasis de las emociones conjugadas en pantalla, arrobando al espectador con el embrujo de las representaciones.

En este sentido, parece absurdo pretender de los espectadores un conocimiento particular sobre el ente cinematográfico cuando, presumiblemente, la única condición que impone este medio es el ánimo dispuesto frente a la mágica imagen (que “desde sus orígenes más lejanos... ha estado siempre ligada a lo misterioso y a lo sagrado”
[1]). Aspecto cubierto en la cultura de masas cuando se promueven vehemente los símbolos, mitos y estereotipos cercanos a los valores de una sociedad que siente, del cine que los reproduce, un estímulo para las tensiones del día, un refrigerio después del trabajo o un bálsamo para las frustraciones existenciales. Pero es entonces que los atributos culturales de la imagen en sí, el reconocimiento universal del cine como un lenguaje de símbolos, hacen imposible menospreciarlo aun si lo vemos como pura diversión. Sobre todo cuando la misma publicidad reza que “el cine es cultura”, un sentido más complejo que el atribuido por el vulgo. Pero con el concepto de cultura veríamos que, en virtud de ello, el espectador tendría que ser más prudente ante las imágenes que consume de manera tan despreocupada.

El antropólogo Malinowski define a la cultura como obra del hombre y como medio a través del cual logra sus fines, es decir, con un fin instrumental o funcionalmente. Por lo que no hay actividad humana, individual o colectiva que podamos considerar como puramente fisiológica (“natural”) o no regulada. De modo que “los seres humanos viven de acuerdo con normas, costumbres, tradiciones y reglas que son el resultado de una interacción entre los procesos orgánicos, la actividad del hombre y el reacondicionamiento de su ambiente”
[2]. Todavía más, la cultura incluye algunos elementos que permanecen aparentemente intangibles, fuera del alcance de la observación directa, y cuya forma y función resultan muy evidentes: las ideas y valores, los intereses y creencias. Precisamente, por este último rasgo de la cultura, porque el cine forma parte de ella, es que la sociedad debería reconsiderar su idea sobre las películas; que no son tan inocentes como parecen.

El cine como sinónimo de ocio es pura diversión, y ésta, en términos de Sue, es un “encontrarse a gusto, vivir de acuerdo consigo mismo, sin frenar las inclinaciones naturales”
[3]. Sólo en el cine, como en ningún otro medio, las fantasías cobran vida porque al fin y al cabo no es más que un juego para los públicos, de ahí su contundencia.


Aristóteles había señalado ya la importancia del juego al establecer que tiene una función catártica. (...) De esto resultaba un fenómeno de liberación por medio de lo imaginario, y de resolución de los conflictos en la representación teatral. Es la misma función que desempeña el teatro moderno, y más aún el cine. El espectáculo permite a la vez liberarse del universo, de lo cotidiano y evadirse hacia lo imaginario; pero también crea la ilusión de que el hombre domina la situación que está viviendo... El espectáculo da la impresión de burlarse de la realidad que nos oprime cotidianamente[4].

Sin embargo, dada la trascendencia de tales imágenes por su atractivo visual, su recurso propagandístico y publicitario, habría que ver cine con precaución y moderación. Consumo hasta ahora desbordado e irreflexivo, según se aprecia en la ingente producción industrial de filmes de cuestionable factura que no parecen tener fin porque, se supone, responden a un pedido masivo con características similares: relatos complacientes donde sobreexplotan situaciones simplistas y recurrentes de amor-odio y éxito. Lo que evidencia la pobreza cultural del solicitante de gustos tan uniformes y limitados, que parece no mortificarle.

La justificación revolucionaria de igualdad y derechos al pueblo le han hecho pensar, que las “bondades” de la industrialización le pertenecen y lo han vuelto un insolente, cuando su educación superficial y aun especializada (pero limitada a una parcela del conocimiento) no le permite asumirse depurada y creadoramente. El tiempo libre del trabajador, el ocio —como el cine—, dice Ortega y Gasset, la apertura popular a la otrora restringida educación, el asenso social y económico, el modo de vida ahora organizado desde una perspectiva global, le permite al hombre moderno, ya con herramientas, posesionarse de lo que considera por derecho y naturaleza de él. Es un libertino que invade todos los espacios antes vedados y exige satisfacción.

Lo que en la post revolución industrial era un orgullo, la evidencia de una sana modernidad igualitaria, se convierte, dice Ortega y Gasset, en la condena del siglo XX. Por eso es su aplastante crítica sobre el resultado “de la copulación entre el capitalismo y la ciencia experimental”[5], que reside no tanto en los avances científicos, sino en la delimitación de la llamada especialización del conocimiento que ha producido tan sólo técnicos, “el prototipo del ‘hombre-masa’”, “un bárbaro moderno” que ha tomado por asalto el poder. Al menos así lo manifiesta la vulgaridad de sus obras. Por ejemplo, los medios de comunicación. En este contexto surge el cine, un aporte científico convertido en un burdo producto industrial, con todo lo que esto implica: un producto de y para la cultura de masas. Un medio que pese a su infinita posibilidad artística, termina utilizado para satisfacer gustos limitados. Y puesto que dicho instrumento terminó convertido en recurso de la elite de un grupo de hombres-masa, con una también limitada concepción del universo, suena lógico que éste y otros medios respondan a sus intereses y reflejen sus aspiraciones y, por supuesto, su cultura.



Pero si el cine industrial tuviera la suficiente calidad técnica (como lo demuestra Hollywood), queda aún la preocupación de sus fines, la intención subjetiva (la conducta racional con arreglo a fines y a valores) de todo individuo de la que nos advertía Weber y que subyace en toda acción social, en este caso en las películas, ya sea como productos ideológicos o como mercancías en venta. Siempre en deuda con la esencia creadora del séptimo arte, pretexto primigenio sin el cual pierde validez el cine, porque queda una tosca mercantilización que desconoce al arte, la máxima expresión del pensamiento humano que defiende la pureza ideal. Esto provoca una contradicción, porque la industria requiere del arte para crear y éste necesita recursos para los instrumentos más costosos de cualquier disciplina artística, por la diversidad de elementos y gente para hacer un film, que por muy elemental que sea utiliza materiales caros, distinto al lápiz del escritor o a las pinturas del pintor.

Claro que esta contradicción no ayuda en nada a los espectadores confundidos para determinar la frontera entre el llamado cine de arte y el comercial. Lo que hace todavía más complicada la apreciación cinematográfica, pues estaríamos hablando de la necesidad de entender la esencia del arte; muro contra el que se estrellan las miradas no preparadas. Y es que una película, sin ser una joya estética o comprometida con su entorno social (trípode en que se sostiene el arte: estética, técnica y sociología), es capaz de cautivar al espectador exigente, quedando el asunto de las diferencias instrumentales en mera sutileza. Cuestión de fines. Las imágenes de una obra así pueden confundir: convencer al espectador bisoño de estar viendo la mejor película de su vida (Titanic, de James Cameron), o divertir al cinéfilo el ingenio de Hollywood para vender banalidades (Batman, de Tim Burton).

En tal estado de cosas, cabría preguntar en qué condiciones queda el espectador frente al cine que desconoce pese a la familiaridad con que lo ve; y cuál sería en este sentido, la relevancia del consumo del cine como cosa cultural.



[1] Thibault-Laulan Anne-Marie. La imagen en la sociedad contemporánea, Fundamentos, 1976, España, p.13.
[2] Malinowski Branislaw. Una teoría científica de la cultura, Sarpe, 1984, España, p.90.
[3] Sue Roger. El ocio, Fondo de Cultura Económica, Brevarios, 1982, México, p.80.
[4] Idem, p.81-82.
[5] Ortega y Gasset José. La rebelión de las masas, Planeta/Agostini, 1964, España, p. 102.

Fotografías: RAF y Aramis Franco

lunes, 4 de agosto de 2008

Cine mexicano

Nuestro glorioso cine chafa

Ruy Alfonso Franco

Un ejemplo de cine deseable, del mejor cine que se ha hecho en México, es El violín. Por ello ha merecido una notable serie de premios en los más prestigiados foros cinematográficos. Una obra maestra que se conoció antes en el extranjero que en México, donde se filmó. El cine es un vehículo extraordinario para que todo un país se conozca y se reconozca, para que perfeccione su vida en todos los órdenes. Esa es la razón por la cual en Proceso queremos y respaldamos un cine sin anteojeras, un cine que no se vea constreñido, para su producción ni para su distribución o exhibición, por censuras políticas ni económicas, un cine libre de restricciones que no sólo podamos ver, sino en el que podamos vernos. Que sea El violín la película que acabe de una vez por todas con el miedo de saber quiénes y cómo somos”.1


Resumiré mi idea de nuestro cine tomando prestadas las palabras del cineasta español Juan Antonio Bárdem, con las que sintetizó alguna vez su concepto del cine español, y que para el caso nos sirven ahora: "políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico"2.

Por supuesto, hay sus honrosas excepciones, pero esos filmes no hacen la imagen de nuestro cine y sí aquellos populares que nos proyectan al mundo como involuntariamente surrealistas por el cine del Santo, el enmascarado de plata, como muy machos por las cintas de El Indio Fernández, Pedro Infante o Jorge Negrete, o de plano bien nacos gracias a nuestros comediantes gloriosos, o no. En pocas palabras, los mexicanos y el resto del mundo bien pudiéramos tener una idea muy superficial, por ejemplo, de nuestra verdadera identidad gracias a un cine nacional muy pobre en su mayoría. Esto, si acaso, será la certeza.




Aunque para un estudio sociológico, psicológico y hasta antropológico, los personajes emblemáticos del cine mexicano (charros, madrecitas, golfos, luchadores, ficheras, narcos, etc.), su pobreza formal y la trivialidad de sus contenidos son una fría revelación de nuestra condición nacional, porque, como luego se dice, "se están proyectando". 0 sea, los espectadores bien pudieran acercarse a la triste realidad a través del cine: somos un pueblo con enormes deficiencias culturales, lo vemos en la mediocridad de sus personajes, en la suciedad de sus calles, en la confección lastimera de sus películas. Incluso, las películas excepcionales de todas las épocas del cine mexicano no son una constante, no son una escuela y no alcanzan el suficiente prestigio para que el mundo nos vea con otros ojos, sin tener en mente al clásico indito debajo de un nopal, por mucho que luego cierto cine se empeñe en la sofisticación del artificio.

La idea que los públicos pudieran hacerse de nuestro cine tendría que emanar de aquellos filmes que les llegan con cierta regularidad a través del video y la televisión, más que en las salas (en donde escasean las películas mexicanos). ¿Y qué vemos? No son, evidentemente, las películas de Rafael Corkidí, Mitl Valdez, Oscar Blancarte, Carlos Reygadas o Francisco Vargas Quevedo, perfectos desconocidos para Televisa, Televisión Azteca o Cablevisión, entre otros destacados cineastas contemporáneos condenados al ostracismo por voluntad gubernamental, por abulia empresarial y la indiferencia pública. No vemos ese cine que pudiera redimensionar la imagen que de nosotros mismos tenemos, que fuera una manifestación natural generalizada junto con las demás artes; que no fueran excepciones y propuestas aisladas, sino un objetivo nacional que coincida con un proyecto permanente de educación para el arte y en el arte, desde la educación primaria, con un alto compromiso social, respeto y apoyos incondicionales. Porque el mejor cine como las artes puede reflejarnos con honestidad, lo que mucho ayudaría a conocernos mejor y forjar gradualmente nuestra conciencia crítica. Todo lo contrario a lo que en realidad sucede.

Hombre, que lo que el cine mexicano preferido proyecta y acepta es, desde un Alfonso Zayas en pelotas siguiendo a rubicundas vedette, pasando por unos decrépitos Hermanos Almada o Jorge Reynoso como posibles héroes de un México bizarro, hasta llegar al paroxismo de la "excelencia" con Tizoc o Cantinflas, verdaderos monstruos consagrados por la imaginaría popular a sugerencia de Televisa y franca ingenuidad del “respetable”. Con este panorama, lamentablemente, es fácil intuir las consecuencias de un cine así y quiénes son los principales perjudicados: los públicos. Es decir, a lo largo de más de 80 años el cine siempre comercial en México ha contribuido a formar públicos flojos, nada críticos ni reflexivos, si pensamos que este medio masivo influye en la formación o deformación de la conducta social. Por supuesto, el problema no es exclusivo de los medios, en todo caso habría que pensar en ese deficiente sistema educativo que prepara mano de obra barata y no seres inquisitivos, preocupada como está la elite en defender sus intereses.



Desde que a nuestro insigne Fernando de Fuentes en 1936 se le ocurriera aquella simpática cinta Allá en el rancho grande, marcó sin querer el derrotero cinematográfico de México. Aquel creador del primer cine de propuestas con cintas como Vámonos con Pancho Villa o El compadre Mendoza, comprometidas socialmente y de estilo propio, curiosamente, contribuyó al cimiento de la hasta entonces inexistente industria del cine con el inusitado éxito del charro bravío, parrandero y cariñoso, mitificando de paso nuestros supuestos valores patrios: "no nos rajamos" porque "nos vale madre". Siempre con la complaciente mirada paternal del Estado que prefiere alentar "sanos" divertimentos como el cine “de balazos” y sexy-comedias, cualquier superficialidad antes que permitir se denigre la imagen de nuestro glorioso ejército mexicano, por ejemplo, matando a cientos de estudiantes en 1968 y todavía decir que en nuestro país hay apertura y derechos garantes cuando en Rojo amanecer se nos permitió imaginarnos la masacre final, pero no dejaron que los soldados actuaran en el film recreándonos cómo estuvo que se jodieron a tanto chamaco hace 40 años.

¿No quisieran ver ustedes una cinta donde los héroes sean los indígenas chiapanecos enfrentando a la artillería de los valerosos chicos del ejército? Digo, sería lindo ver personificados a Salinas de Gortari y a Zedillo explicando por qué carajos se levantaron en armas en la remota Chiapas y existen todavía grupos guerrilleros, si en 70 años de dictadura priísta y ahora panista el país vive, según informes de gobierno, lleno de paz y prosperidad. Pero no, el cine azteca fuera de escasos intentos de proyectar cierta realidad de manera crítica y artística, incluso, a pesar de la censura —esa palabra que por decreto gubernamental no existe, cuando se le ha dado en llamar "sugerencia" al acto de mutilar ideas y ha redundado en la autocensura, la perfecta dictadura—, ha preferido contar trivialidades melodramáticas e historias vulgares. Lo que es más redituable y más seguro, dicen los pocos empresarios que se atreven a invertir en realizaciones cinematográficas y luego secundan las audiencias embrutecidas, descalificando, por cierto, a las cintas serias que intentan proyectar realidades, acusándolas de groseras y sangrientas. Je, da risa.

De Fuentes dio con la idea de la fórmula que va muy ad hoc con nuestra naturaleza gandalla —oportunista y baquetona—, de ahí que en todo este tiempo el cine nacional se haya concretado a repetir fórmulas, bien sea por flojera o conveniencia; después de todo un público zafio es uno fácil de engañar con cualquier cosa y no reclama, no exige. Un pueblo que no lee, que no asume las artes desde la educación primaria y familiar, con un sistema social y político corrupto como medida, tendría que dar con un cine miserable que a la larga ha provocado la material bancarrota en que se encuentra la casi inexistente industria cinematográfica. De modo que aunado a los problemas eternos de la producción, distribución y exhibición del cine mexicano (que significa que no hay dinero, que la política del Estado, la corrupción y los sindicatos obstaculizan todo y que los exhibidores prefieren películas gringas antes que las nuestras), están el subdesarrollo intelectual de realizadores oportunistas y el públicos (siempre con excepciones, claro). Unos generando a otros y viceversa.


Y cuando tenemos a un cineasta, artista o fotógrafo destacado, mejor termina emigrando a buscar trabajo que quedarse a mendigar para hacer una película cada cinco o 10 años con sueldos miserables o hacer telenovelas como única forma de supervivencia. Los contenidos y la imagen que esto tendría que dar al cine mexicano, creo, es algo que debería preocupar más a todos, porque aunque usted no lo crea querido lector, Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro o Alejandro González Iñárritu no son los realizadores del verdadero cine mexicano. Son, si acaso, muy buenos cineastas haciendo cine gringo.

1 Vértiz Columba. El violín, arma de Don Ángel Tavira, www.proceso.com.mx/noticia.html?sec=0&nta=50210
2. Hojas de cine. Testimonios y documentos del nuevo cine latinoamericano. Volumen II, p. 9

Viñetas: RAF