Amargo animal
Ruy Alfonso Franco
En la amorosa noche me aflijo.
Le pido su secreto, mi secreto,
La interrogo en mi sangre largamente.
Ella no me responde
Y hace como mi madre, que me cierra los ojos sin oírme.
(De la noche, Jaime Sabines[1])
Le pido su secreto, mi secreto,
La interrogo en mi sangre largamente.
Ella no me responde
Y hace como mi madre, que me cierra los ojos sin oírme.
(De la noche, Jaime Sabines[1])
Ahora que la constante en mis horas nubladas es desazón y angustia, porque la melancolía es invierno gris y mis lágrimas rameras de torrente fácil, como nunca escucho voces amigas que advierten me quiera más. Y pienso: “ah chingao, ¿pos cómo?”, si el güey que veo a diario en el espejo es mi bastardo favorito. Piensa positivo, me dicen.

Viñeta: Víctor Higadera
Un doctor en la tele de la madrugada, cuando repiten todo para los que como yo, que sin droga para dormir estoy a la caza de mis fantasmas a las 2 a.m., decía enfático: “Los lóbulos frontales se consideran nuestro centro y hogar emocional del control de nuestra personalidad”. Todavía más, según leo en Lubrano.com, la depresión está asociada a lo que se conoce en psiquiatría como el síndrome del lóbulo frontal, que a la letra explica: “Trastorno mental orgánico caracterizado por cambios marcados de personalidad”.
Y la depresión, dice el mismo Dr. Lubrano, es un “estado mental caracterizado por sentimientos de tristeza, soledad, desesperación, baja autoestima y reproches a uno mismo; acompañado por retardo motor o en ocasiones agitación, alejamiento del contacto interpersonal y síntomas vegetativos tales como el insomnio y la anorexia. El término se refiere a un estado de humor o a un trastorno del humor”. El problema se vuelve serio cuando la depresión ya no puede ser controlada y pasa de ser una racha provocada por el estrés o el modo de vida que el interfecto lleva o haya llevado, y se atora en sus laberintos existenciales. La cosa es que el doctor de la tele dijo algo que me pareció curioso: que uno puede programar la felicidad, palabras más palabras menos; que sólo hay que desearla por la mañana al levantarse y listo.

Viñeta: Brenda Mayorquín Cañedo (alumna de cine, en clases)
A ver, tengo por costumbre levantarme desde chaval muy temprano y nunca de mal humor. Tenía años madrugando a las cuatro o cinco para leer o escribir, porque esas horas son muy chidas: no hay quien te joda. Pero de unas muertes para acá, como que batallo más para dormir: “Con don Julio en el féretro (1996) una fusión extraña se dio en mi universo, pasó tiempo para darme cuenta de lo irremediable de ese pozo oscuro y único en el alma. Al año siguiente se fracturó mi chi; ver a mi abuela en esa caja miserable (1997) no tuvo madre. Y la que yo tenía habría de ser el mayor de los abandonos, cuando doña Carlota decidió que ya no tenía por qué vivir (2002). Y se fue. Nunca arreglamos nuestros vacíos. Ahora ya no importa cuántos hoyos más se abran, todos caben en el mismo. La cosa es que duele, mucho”[2]. Hasta entonces cuanto catorrazo me llevara nomás miraba para arriba y echaba pa’lante, con denuedo, con tozudez, y cada vez con más sarcasmos en la faltriquera, la sonrisa arsénica y el hígado como blasón. Armadura al gusto. Cantaba: Bueno. Me visto. Hablo. / Estoy solo —es lo mismo— / ¡pero qué alegre de algo! [3]

Doña Carlota y don Julio
Pero hete que las abolladuras son hartas, por ello amigos insospechados me regalaron, generosos, cucharaditas de luna e insistieron “quiérete mucho, se positivo”… Confieso que estoy por eso en un dilema, ¿qué es ser positivo?
Cierta ocasión, trabajaba con mis compañeros maestros en un engorroso relleno de formularios impuestos por la SEP, para mendigar más recursos. Adryan (con "y") preguntó desde el otro lado de la mesa, seguro para matar el tedio de las tres de la tarde: “Franco, ¿con cuántas mujeres has cogido?”, una docena de cabezas voltearon al unísono, entre ellas tres profesoras curiosas. Como pudor no es mi amigo, contesté sin empacho: “cuatro, tres antes de mi mujer y mi mujer”. Ahora fue Adryan el sorprendido y exclamó como augusto eléctrico: “¡Maestro, por Dios, siquiera di que fue una docena! ¡Cómo que cuatro! ¿Qué te pasa?” Junto con las carcajadas del auditorio empezaron las estadísticas de uno, otro y aquél; por cierto, Víctor nos ganó con quinientas y tantas. Yo lo único que alegué a mi favor fue que, por ganas no paraba, pero Marie vota siempre en contra. Le he jurado que no busco aventuras, pero si sale alguna, sobres; pero se esponja. Eso es ser positivo, ¿no?
Confieso, soy medio ingenuo, algo honrado, lamentablemente puntual, directo con lo que pienso, agradecido como perro, solidario siempre que no sea Teletón, Juguetón o redondeos mañosos, curioso ante la incertidumbre, cursi respetuoso, ateo consagrado, tragón consolidado, huraño insoportable, rata hogareña, irascible por condición médica, romántico de clóset, estúpido idealista, adorable lujurioso y hedonista dispuesto. ¿No es esto positivo? Soy, lo que se puede decir, de una pieza redonda, de una sola cara. Tauro.

El interfecto, echándolo a perder
No creo en Dios, ni brujerías, ni políticos, ni zalamerías, ni en la tele, ni la radio, ni la prensa, ni en ricos que dan limosna, ni en pobres que buscan lástima. No creo en algunos que se dicen mis amigos —mucho menos en los que fueron—, ni en curas, ni cardenales, menos en papas, reyes o presidentes. Detesto que me digan qué hacer cuando sé qué procede, por eso odio a los prepotentes, a los superfluos, a vanidosos, mentirosos, negligentes, irresponsables, sátrapas, egoístas, dos caras, corruptos, tacaños, vividores, asaltantes de traje, secuestradores, narcotraficantes, igual buchones, juniors y fanáticos del fútbol, béisbol o cualquiera que vea deportes y se apasione adorando atletas por la tele, cantantes por la radio, artistas de telenovela, rockeros de a mentis, adoratrices de vírgenes, santos patronos, monjitas de colegios, profetas venturosos, idiotas pegados al celular, consumidores sin recato, recatadas de oficio, madres de 10 de Mayo, padres con compadres, chiquillos chantajistas, perros de bolsillo, chicas fresa, santurrones, beatos y caprichos.
No ser todo eso, ¿no es positivo?
Pero tienen razón cuando dicen que me tengo que querer. Les juro que lo he intentado desde que veía a los demás chiquillos jugar tras mi ventana, cuando perdía en todo porque nunca fui bueno en nada, cuando pensaba las cosas mil veces porque de todo estaba inseguro, cuando tenía que dar explicaciones penosas: “¿por qué no vino tu mamá a la junta”?, “¿por qué traes pantalones de brincacharcos?”, ¿”por qué usas zapatos de payaso?”, “¡cuatrojos!”; “¿por qué no vino tu padre a tu boda?”. O cuando me tuve que hacer preguntas incómodas: “¿por qué mi papá nunca está aquí?”, “¿por qué tenemos que cambiarnos otra vez?”, “¿por qué me odian?”, “¿por qué yo no tengo novia?”. O cuando tenía que responder cosas embarazosas: “tengo hambre”, “no sé bailar”, “no soy joto nomás porque leo”, “es que no tengo ropa”. Pero lo peor fue cuando tuve que hacerme el fuerte aunque me moría de miedo: en el barrio a punta de trompadas, en las primarias a punta de trompadas, en la secundaria haciéndome invisible, en la prepa haciéndome invisible, en la universidad esforzándome por dejar de serlo y como maestro, haciéndome el duro.
Viñeta: Víctor Higadera
Pero eso es historia. Y usted, ¿qué haría con el del espejo? Yo me debato.
Lento, amargo animal
que soy, que he sido
…
Amargo como esos minerales amargos
que en las noches de exacta soledad
—maldita y arruinada soledad
sin uno mismo—
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.[4]