Mostrando entradas con la etiqueta Miseria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miseria. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de diciembre de 2008

24 de diciembre de 1979

Esa soledad tan dura, tan perra, tan…

Ruy Alfonso Franco

Para Ariel pasar hambres no era la gran cosa, si al final con tortillas duras tostadas en el comal podía mitigar la soledad con un poco de sal, en compañía de su madre doña Dora, que raras veces le hablaba. Pero pasar solo esa Navidad de 1979, sí estuvo cabrón. Si ese día no tuvo ni tortillas duras que comer, qué le importó al chamaco de 17 años malpasarse, si su madre no estuvo con él; no le hace que no le hablara.

Hacía meses que doña Dora se había marchado detrás de Javier en busca del amor perdido, que aquél juraba en cartas mochas lo encontraría de nuevo junto a él en Guanatos, luego de tres años de separación. Serían tan felices como todas las promesas hechas antes sin cumplir, que siempre quería creer Dora. Poco le importó a Dora perder hasta la casa que ya tenía en el puerto, que con tanto sacrifico habían levantado entre todos: Ariel, el hijo adolescente de 14, cavando las zanjas pa’ los cimientos y cargando con sus amigos las piedrotas que harían la base en aquel lodazal; doña Cuca, la abuela, enviando mes tras mes su quincena que como sirvienta ganaba, para que su hija tuviera su casita de material; Dora pidiendo fiado en todos lados para poder completar para un carro de tierra y así rellenar el patio inmundo; y Javier, el buen Javier, un día llegó con una ventana de fierro y un portón, fue todo. Jamás cargó un bote de mezcla, nunca clavó una viga para el techo de la cocina y tampoco metió la tierra a paladas como sí lo hizo Ariel sacando la lengua durante días, durante semanas, durante los meses y años que se tardaron en levantar los tres cuartos pelones, pasando hambres y penurias.

Y es que a Javier no lo volvió a ver desde que Ariel estaba en primer año de secundaria, pues se había largado con una mujer que conoció cuando trabajaba como judicial en la extinta PGR. De todas manera nunca paraba en casa, así que Ariel ni lo extrañaba, hasta era mejor, porque tenerlo metido allí era tanto como estar aguantando sus malos modos de padrastro frustrado, que odiaba al chamaco con odio acumulado. ¿Por qué? Nunca lo supo Ariel; es más, ni siquiera sabía que no era su padre, sino hasta los 17 años cuando su madre, presintiendo que se iba morir por un tumor en la matriz, le reveló la fatal noticia. Dora finalmente no se murió ese año, sino hasta el 2002, por una tristeza mal cuidada de 65 años arrastrados, pero Ariel entendió por fin el porqué de los malos tratos de Javier, el tipo que lo encerró en casa hasta los 14, cuando huyó con aquella cincuentona y un hijo adolescente como él.

Antes de la debacle de Dora Ariel sólo sabía, a pesar de ser hijo único, que la mejor comida era para Javier, que no podía salir a la calle a jugar, que nada se hacía en casa sin el consentimiento de Javier y que Dora sólo vivía para Javier, agradecida porque la sacó de puta de un congal de mala muerte en Coahuila.

Ariel también sabía que Dora lo odiaba porque se lo gritó varias veces, la última, cuando éste contaba con 13 años. También sabía que Dora no se tentaba el corazón para reprenderlo duramente si ella creía que se lo merecía. Las veces que su madre lo golpeó con palos, cucharones, mangueras, guaraches, puños y desprecios, no rebasaban el más viejo recuerdo que Ariel tenía de ella, cuando le rompió la nariz de un puñetazo a los cinco años. Pero era su madre, ¿acaso no tenía derecho de reprender al chamaco como le viniera en gana?, es lo que les gritaba Dora a las vecinas cuando éstas intentaban quitarle al pequeño Ariel cubierto en sangre, en aquella desconchada vecindad de la Tusanía en Guadalajara. Así creció Ariel, pensando que vivía la vida de todos, sin reparar hasta la adolescencia que algo no coincidía con las demás familias de sus pocos amigos: allá había risas, piñatas, música a todo volumen, tíos, primos, gritos, mimos, abrazos… En casa no había nada de eso.

Por eso se sorprendió mucho cuando Dora le dijo a Ariel, “me voy a Guanatos, tu papá me llamó, regreso pa’l domingo; aquí te dejo estos centavos. No se te olvide darle de comer a los patos y a Loreto, ¿oyiste?” Y se fue.

Dora ya no volvió más que esporádicamente. Al principio una vez a la quincena, luego tres veces cada mes y al final sólo le mandaba ocasionales giros telegráficos con unos cuantos pesos que, se suponía, tenían que alcanzar para la luz, el agua, la escuela, los camiones, comer él y los animales: dos patos y Loreto. Las tres o cuatro veces que Ariel se comunicó con Dora por teléfono a larga distancia por cobrar, en una caseta del centro, la conversación siempre fue lacónica, protocolaria: “¿Cómo has estado?”, que Ariel sólo respondía con un inútil “bien” porque Dora rápido continuaba el interrogatorio: “¿Pagaste el agua?, ¿regaste las matas?, ¿le diste de comer a los patos? ¿Y Loreto, cómo está?” Pinche perico enfadoso. El día que Ariel tuvo que comunicarle a Dora, todo compungido, que Loreto había muerto destrozado por una rata que se metió a su jaula, ‘uta, no se la acabó el pobre. Dora lo puso como cochino y le colgó. No volvió a comunicarse con él en meses y tampoco le mandó dinero.

Ariel buscó trabajo, pero a los 16 años quién lo tomaba en serio. Había terminado la secundaria y ya había lavado coches en un autobaño, pretendido vender enciclopedias por la calle y fue garrotero por 15 días en un restaurante de la Zona Dorada, hasta que su cuatacho Felipe le consiguió chamba de peón de albañil en una obra. Cosa curiosa, le tocó trabajar en la construcción de la biblioteca de la preparatoria Rubén Jaramillo, de la Universidad Autónoma de Sinaloa, en donde terminó inscribiéndose para el turno vespertino, porque en el nocturno ya no hubo cupo. Y adiós trabajo. Lo poco que ahorró lo destinó a la compra de libros y una despensa de frijoles, huevos, café, latas de atún y tortillas. Todo se acabó a las semanas y para irse a la escuela vendió sus revistas o de plano se iba a pie desde la Francisco I. Madero hasta la UAS, unos cinco kilómetros de distancia.

Pero no faltaron los amigos que le pagaron varias veces los camiones y lo invitaban a comer. Lupe y su madre doña Paula fueron los más solidarios, no sólo lo convidaban a desayunar o a comer, sino que la señora empezó a darle pequeñas despensas cuando se enteró que Dora no le enviaba dinero. Con todo, la familia de Lupe era numerosa y muy pobre, así que Ariel muchas veces declinó aceptar la ayuda porque sabía lo que eso costaba a la buena señora. En la escuela fue su amigo Eliseo quien le tendió la manó al darse cuenta también por las que pasaba Ariel, quien constantemente llegaba a clases con un par de días sin comer, la ropa muy ajada y los zapatos que daban lástima.

Eliseo se lo llevó a su casa y doña Esther, su madre, lo aceptó como a un hijo. Durante semanas Ariel estuvo yendo a comer regularmente. Por supuesto, nadie supo que durante mucho tiempo esa comida era la única que Ariel probaba en el día.

Y esa Navidad de 1979 en casa, para variar, no había ni tortillas duras. Temprano estuvo un rato platicando en casa de Lupe, que lucía feliz con tantos hermanos que llegaron de otras partes y el alborozo que armaban los nietos tronando palomitas. Los mayores entraban y salían llevando cosas para la fiesta y doña Paula no paraba dando órdenes a su enorme prole. Cuando Lupe salió por una encomienda a la Ley, Ariel regresó a su casa, que estaba enfrente. Entró y miró la penumbra de la tarde muriendo. Nunca le había parecido tan sola, hasta extrañó los graznidos de Loreto y su “Arrriel” repetido hasta el copete. Sabía que Lupe y su familia irían más tarde a la Redonda a visitar a sus parientes, así que no esperó cena de nada.

De una cosa estaba seguro Ariel, nunca, hasta ese día, se había sentido tan solo. Y nunca después, sino hasta que vio la cara de su madre lacrada por la muerte en el punto por donde sacan los cuerpos del IMSS, cuando el camillero pidió que un familiar certificara que la muerta era su madre, Ariel volvió a sentir esa enorme soledad, tan dura, tan perra, tan puta. De golpe, había perdido a toda su familia.

Pero ese 24 de diciembre de 1979, antes de acostarse a las 10 de la noche, mientras afuera todo era música, buenos deseos y paz, Ariel deseó con dolor tener a su madre con él, qué importaba que lo odiara, qué importaba que no le hablara, qué importaba que no lo amara. Para él era suficiente tenerla.