Cuando la gente ve una película es porque quiere divertirse, así de simple. Sin embargo, más allá de esta sencilla apreciación subyacen aspectos que revelan mucho sobre la conducta de los espectadores, pues como dice Umberto Eco partiendo de la aseveración de Aristóteles de que “todo hombre, por naturaleza, apetece saber”, pero prefiere en estos tiempos “un ver ya confeccionado que le evite la interpretación del dato”[1]. Por lo demás, que haya flojera para pensar no le impide a nuestra sociedad ufanarse de estar al día.

¿Cuáles son las de estreno?, es la pregunta común de los clientes que buscan novedades en cualquier videoclub. Estos espectadores heterogéneos no necesariamente están interesados en la historia del cine, festivales, cine underground o técnicas innovadoras, pero quieren estar al día aun cuando el contenido, trasfondo, estética o costos de la película escogida le sean irrelevantes en la mayoría de los casos. La cosa es que sea estreno.
Tal vez la idea de fondo sea que la primicia del estreno nos conceda algo de estatus, como tener algo nuevo, ser los primeros que lograron ver aquello porque, por ser perecedero el estreno —más tarde dejará de serlo—, su valor acaso radique en ello; y entonces nuestro placer estribará en decir a los amigos, “ah, ya la vi, ¿a poco tú todavía no?” Así, la ambigüedad se nutrirá del sabernos dentro y no fuera, pues pertenecemos, somos exclusivos. Entonces, el triunfo de esta pírrica victoria se parecería, por asociación, al éxito y nada más embriagador que dicha satisfacción por nimia que sea. Por supuesto, también cuentan las preferencias del cliente: si la película tiene acción, suspenso, humor, romanticismo o sexo. Pero para el espectador común antes que las cualidades del video a rentar lo que importa, sobre todo, es que esté de moda. Aunque decir moda nos remita a lo que todos saben, por lo que implicaría una evidente estandarización del hecho, pues todos, se dice, saben de ello; pero, entonces, esto no sería novedad, ni original, de modo que la presunción de esa distinción que muchos buscan se haría polvo, ya que no habría nada de qué jactarse en realidad. El modelo original es la impronta, la novedad; pero la moda es la imitación sin el valor de aquello.
Cuando los espectadores pretenden rentar la novedad, resulta que no es más que una ilusión, no existe la exclusividad que todos creen tener: al mercado han salido millares de copias de esa película, que además es copia de otras historias similares que puede reproducir con éxito ciertas cualidades de la idea original (quizá el estilo, la técnica), pero no es original, mucho menos novedad. En el peor y más común de los casos, la copia tiende a ser un trabajo burdo, completamente fallido e intrascendental. En pocas palabras, la misma historia de siempre en el cine comercial.
Pero el cliente ansioso va tras el estreno, participando en lo que Eco llama “la carrera en pos de la información”
Y lo que se obtiene solamente es información chatarra, que manipula y oculta realidades. Al final los únicos beneficiados serán los que tengan en juego, esa sí, la exclusividad del poder y dominación social, manipulando en pro de sus intereses. El mensaje es que quien no esté al día, a la moda, es tanto como perder presencia ante los demás, no importa que sea por cosas tan banales como pelearse por una prenda de vestir en oferta, porque obtenerla es una forma de poder, dominio, y no lograrlo es no tomar parte de ese estatus, del yo sí, ¿tú no? Esto provoca el desencanto, insignificante al principio, pero la suma de diversos y constantes desencantos deviene en frustración, la infelicidad para muchos, pues esto sabe al fracaso que tanto nos han advertido en nuestra educación formal neoliberal, ya que sólo los mejores triunfan.
Cuando los verdaderos triunfos como el conocimiento erudito o las habilidades físicas extraordinarias no las podemos lograr y las sentimos imposibles, volcamos nuestro desaliento en otro tipo de “hazañas” más accesibles, como hacer colas tres días con sus noches para inscribir a un hijo en una escuela que está de moda; regalar a nuestros hijos por Navidad aquel “novedoso” ipod que está, claro, de moda; o rentar únicamente estrenos porque ello representa un mayor valor que el contenido mismo de la cinta. Para los monopolios internacionales lograr hacer sentir miserable a una audiencia desprevenida a partir de sus necesidades de amor/sexo, éxito, seguridad, salud o felicidad, significa enormes ganancias, pues nos han hecho “comprender” que la depresión sólo tiene alivio con la satisfacción de tales necesidades y eso cuesta. Entonces el consumo de cosas materiales puede significar el triunfo esperado, sin importar que a la mejor mis necesidades sean tan artificiales como la satisfacción que por este medio pueda obtener. Porque en el frenesí de estar al día incurrimos en lo absurdo: lo nuevo en computadoras, autos, estéreos, ropa, etc., una carrera irracional que nunca ganaremos.
La industrialización de la cultura hace del raiting, el hit parade o las estadísticas con que se mide el éxito de los programas de televisión, música, libros o películas a modo de señuelo, un mecanismo más de manipulación indirecta de las compañías que han lanzado al mercado sus productos, manejando números (reales o ficticios) como prueba irrefutable de calidad. Así los gustos de la audiencia se van moldeando convenientemente, ocasionando con esto una falsa y superficial apreciación sobre tales productos, porque el disco aquel o esta película es la que anunciaron en la tele y dicen que está muy buena, es lo que los demás escuchan o ven ¿y por qué ellos sí y yo no?
¿Quién no ha escuchado a algún presentador hablar emocionado de “la buenísima rola” de la Banda El Recodo o la “gran película” que es la última de George Clooney? Sea porque tienen la consigna de anunciarlos así o porque la reflexión no es su fuerte y anuncian con igual entusiasmo un jabón para perros que los más recientes muertos en Irak; el caso es que esos adjetivos pronunciados, por cierto, con tal irresponsabilidad pero con vitalidad y simpatía, cautivan y logran el clamor popular, tal vez porque todos lo entienden y están en sintonía; son, pertenecen. Otra vez, la dulce futilidad invade los sentidos ahogando la lucidez.
Bajo este criterio, llama la atención cómo la gente puede reducir sus posibilidades de aprovechamiento apostándole solamente a la novedad, que no necesariamente garantiza la calidad del producto. Tal actitud evidencia a una audiencia desinformada, pues al buscar nada más estrenos pasa de largo cintas clásicas o rarezas apreciables de cineastas independientes, conformándose normalmente con películas mediocres. Cuando en realidad no hay novedad en el estreno porque la industrialización de aquel producto, debidamente estandarizado, se ha encargado de quitarle cualquier rasgo distintivo, según “la esencia de la llamada democracia”: “atente a lo que hagan los demás y sigue la ley de quien sea más numeroso”[3].
¿Dónde quedó la novedad? Los medios pueden hacernos quedar como el triste perro de Pavolov, cuando le sonaba la campanita engañándolo: por más saliva que aquél arrojara no había carne qué comer. La originalidad y la trascendencia no es algo común en los estantes de los videoclubes, librerías o disqueras, tomando en cuenta que estas empresas responden a los gustos de sus usuarios, casi todos al pendiente de lo conocido. La clave del éxito para cualquier compañía cinematográfica es hacer películas con historias que todos conocen y de vez en vez arriesgarse con algunas modificaciones a partir, claro está, de lo ya establecido: el héroe, el infortunio con el éxito inesperado, la resolución de los problemas a partir del romance o aventura y su fórmula mágica, la felicidad exclusiva para los más audaces.
Así las cosas, la novedad para el público ansioso por los estrenos, es tanto como esperar un vaso de cristal de varios millares iguales, como si fuera jarrón etrusco.
[2] Ídem, op cit., p21.
[3] Ídem, op cit., p21.
Ilustración y fotografías: RAF