Ruy Alfonso Franco
Somos un país de salvajes para Hollywood, así lo demuestra Estados Unidos desde las primeras miradas en su cine, para quien nunca hemos representado mayor atractivo que el petróleo y cuanto puedan sacar de provecho de una nación bastante sumisa como la nuestra.
Aparecemos en el cine hollywoodense como indios desarrapados, charros folclóricos o machos violentos; y en un sentido más realista como un país subdesarrollado, como un peligro para los autodenominados “americanos”: por los constantes robos, fraudes, secuestros, narcotráfico, productos chafas, comida y agua contaminada, playas y naturaleza sucia. Somos los mexicanos para Estados Unidos los eternos mojados, gandallas y corruptos, los que siempre estamos dispuestos a mover la panza por one dollar.
Muestras sobre esa mirada degradante hay un montón, por ejemplo ¡Viva Zapata! (Viva Zapata!, EU, 1952), del laureado Elia Kazan. Cinta que por su contenido mereció la atención de la crítica nacional en su momento, pues había ganado un Óscar al mejor coprotagonista (Anthony Quinn, actor mexicano tránsfuga) y cuatro nominaciones más que incluían a Marlon Brando como mejor actor (El padrino, El último tango en París, Apocalipsis now, etc.). Además el nombre de Elia Kazan (Un tranvía llamado deseo, Al este del edén, etc.) y la pluma reconocida de John Steinbeck (La perla, Viñas de ira, etc.) prometían una cinta inestimable, ya no tanto por sus presumibles cualidades artísticas, sino también apetecible para los mexicanos por el tema de la revolución que nuestro cine, desafortunadamente, no ha tratado con toda la objetividad que uno podría esperar y se creía en el mayor ojo crítico del cine extranjero.
Pero no fue así. ¡Viva Zapata! puede compararse con un pinche espectáculo para turistas ignorantes, que saben de México lo que Walt Disney les ha dicho en Las aventuras del Pato Donald.
Causa risa el papel de Marlon Brando como un Zapata muy serio y esforzado, sobre lo que René Jordán en la biografía del actor escribió: interpreta a Zapata como “una imperturbable máscara india de piedra. La mirada fija, ligeramente estrábica, como una estatua maya; un semblante inescrutable como el calendario azteca”[1]. O sea, Brando se jodió en el personaje acartonándolo hasta la ignominia, como lo han hecho todos los que en México han querido idealizar a Emiliano Zapata: desde Antonio Aguilar hasta Alejandro Fernández. Es evidente que el rubio actor sabía de Zapata lo que un mexicano del profeta John Smith (nada), así que su actuación linda con el humor involuntario al exagerar la personalidad del héroe, creando al final un personaje folletinesco, trágico hasta el melodrama y mártir como santo ardiendo en las llamas de la inquisición.


Elia Kazan, curiosamente, pretendió hacer una película seria, algo más que un mero divertimento para el espectador estadounidense, y eso se observa en el cuidado formal: excelentes escenarios y meticulosa ambientación, emplazamientos de cámara precisos y encuadres significativos, muy artísticos (fotografía que, por cierto, le debe mucho a Gabriel Figueroa —nuestro insigne fotógrafo nacional— por sus cielos arrebolados). Incluso el mismo guión de ¡Viva Zapata! se pretendía elaborado y un tanto estricto por su fiel registro de la historia de la revolución mexicana. Lamentablemente es la misma versión que les dan a nuestros niños en la primaria…, hueca en sus conceptos y repleta de idealismos ramplones, por aquello de la eterna lucha del bien contra el mal, en donde los buenos habrán de salir airosos… ¿Pero quiénes son éstos? Según la realidad, los priístas fueron los “buenos” durante más de 70 años, ya que se dicen herederos de esa revolución.
¿Resultado del film? Es tendencioso y mentiroso.
¡Viva Zapata! proyecta un enorme maniqueísmo, ignorancia de nuestra historia y una franca ingenuidad que llega al idiotismo. Lo que hicieron los gringos aquí fue desarrollar un argumento que se invalida por la superficialidad con que abordan nuestra historia, tal como hizo Mel Gibson con Apocalyptica (Apocalypto, EU, 2006), esperando más bien dar el gran espectáculo. Si acaso podemos aceptar de Kazan su buena voluntad, tan miope como despistada, y guardar para la historia su aportación bizarra del histrionismo singular de un Marlon Brando perdido. Por lo demás el film de marras es un circo:
a) Hay un Emiliano Zapata desbigotado. Curioso, porque la imagen que todos tenemos en México del revolucionario es la de un sureño moreno con tremendo bigote. Y en el film Brando aparece con uno muy ralo, tal vez para no cubrir sus rasgos de galán.

b) Hay un Madero (Harold Gordon) caricaturesco. Cierto que el propio Adolfo Gilly en su estudio de la Revolución interrumpida, observa a Francisco Indalecio victimado por su carácter blandengue, impropio para la gesta que acababa de enarbolar. Sin embargo, Kazan no le otorga ninguna virtud, cuando se reconoce de Madero su valiosa concertación para intentar no prolongar la escisión del país.
c) Brando a lo Cantinflas. Esta escena es de risa loca: aquí tenemos a un Zapata pretendiendo a doña Josefa (Jean Peteres) como los gringos suponen que hablan los mexicanos, como merolicos, soltando refranes a la menor provocación.
El afán monopólico de la industria hollywoodense los ha llevado a producir indiscriminadamente películas estrafalarias dirigidas al mercado latino, hechas, según los gringos, al modo del latinoamericano, usando para ello estereotipos vulgares y clichés humillantes, sin interesarse realmente por nuestras culturas. Al estadounidense, por lo que vemos, eso del respeto al prójimo es un asunto de meros centavos y fundamentalismos tan oscuros como los que ellos critican en el medio oriente: los que no sean igual a ellos son enemigos.
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[1] Jordán, René. Marlon Brando, historia ilustrada del cine, Editorial Iesa, 1977, Esp., 148 págs., p.39.