lunes, 30 de junio de 2008

“me calaste hondo y ahora me dueles”

Ruy Alfonso Franco


I


Días más tarde, cuando Lucía buscó a su hermana Mariana la suerte ya estaba echada; fueron confidentes desde antes que surgiera en sus vidas los hermanos aquellos de Guamúchil, cuando adolescentes, era natural que le confiara hoy sus pesares. Le contó a Marianita que su matrimonio no era lo que todos creían. Que 17 años no valían más que los hijos que tenían, que si había aguantado todos esos años era por ellos, a quienes adoraba. Que siempre estaban de pleito porque aquél no soportaba si ella desobedecía, que controlaba todo, que era insensible, dijo Lucía quebrantada. “Pero siempre cumplí con él, Mariana; lo atendí, lo obedecí, le serví. ¿Dónde quedó el gran amor que decía tenerme, a ver, dónde?”





—Ahorita, para no ir muy lejos, me engaña con una, estoy segura —remató molesta y se echó a llorar. Marianita, afligida, escuchó a su hermana desahogarse, pero concluyó que también tenía culpas: “no puedes cambiar de caballo a mitad del río”, le espetó esa frase que había leído en el periódico entre políticos. Y Lucía lo hizo seis meses antes de casarse: había engañado a Anselmo con el que ella consideraba era el amor de su vida, sólo que no le cumplió, se fue dejándola con la pena y una boda que festejar con su novio formal; el correcto y taciturno Anselmo.

—No sabes cómo me arrepiento de haberlo engañado, Mariana.

—Y... ¿sospechas con quién te engaña?

II

El sábado del convivio, una tarde caliente a finales de agosto, Marianita estuvo desde temprano con Lucía en su casa preparando el ceviche, el aguachile, las salsas y guacamole, marinando los cortes, guisando frijoles puercos. En tanto la cerveza se helaba bajo la enramada con tejas del basto patio de color ocre, mosaico campestre café oscuro y bardas estilo California, donde también estaba el asador empotrado junto a una cocineta funcional y sillas de plástico verde dispuestas para la ocasión. Lo bueno es que estaba nublado. Cuando llegó la mayoría la carne jugosa crepitaba olorosa sobre el carbón, junto a las cebollitas cambray, los chiles bravos se toreaban y las quesadillas al lado de los vampiros dorados estaban a punto. En el modular Enrique Búnbury cantaba deprimido me calaste hondo y ahora me dueles, acerca de un pobre infeliz que juraba que ninguno de esos idiotas te supieron hacer reír. Comieron como pelones de hospicio, bebieron cual sedientos beduinos y murieron atacados de risa por el ocurrente Graciano Jiménez, de ahogo por el lépero Beto Rentería, agotados por agarrar de torta a la melindrosa Chuyita Ruiz porque tenía un novio de 1 metro 50, quien rebatía airosa “que al cabo su cosa de 25 centimetros alcanza para el 1.75” y las paredes retumbaban por la algazara, más que los dos o tres truenos que se dejaron sentir.

Por si las moscas, Lucía sugirió “pasemos pa’ dentro”.

Tres cartones de media a continuación más dos litros de tequila reposado, una de vodka etiqueta negra, seis coolers de frutas y media de rompope —“qué chingados”—, por ahí de las cuatro de la mañana con un aguacero estival, Lucía despertó a medias preguntando por su cerveza. Para cuando la tormenta amainó, con Lucía acostada por fin en su recámara, habiendo recogido el tiradero, asegurado puertas y ventanas, Marianita y Anselmo salieron al día que empezaba, tan nublado que parecía anochecer. Una llovizna pertinaz los acompañó camino a casa de la cuñada, atravesando canales surrealistas de una ciudad anegada. Fue Anselmo quien preguntó si de verdad quería terminar la velada. Ella lo miró maliciosa él se relamió goloso los labios.




En la habitación copularon como Dios manda. Anselmo no dejó recodo sin hurgar, Marianita echaba porras con murmullos excitantes. Si antes tuvo alardes de pudor frente a antiguos amantes; si a su propio esposo, el ingeniero Gómez Barbosa, le tuvo vedado partes de su geografía erótica, con Anselmo se entregó rendida. Levantó anhelante el culo y esperó decidida el embate. Valieron la pena esos años perdidos; lloró satisfecha al limpiarse y besó al héroe con ternura.

Pero antes, la noche que Marianita se reencontró con Anselmo en el Aracataca Bar, a mediados de junio, ésta celebraba con su amiga Lety la separación definitiva del ingeniero Gómez Barbosa. “Se lo chupó la bruja”, dijo Marianita y brindó de corazón. Anselmo llegó como una bocanada de aire fresco, apenas acariciado por el tiempo que lo nutrió de interés. Si cuando joven se veía desvalido, con los años sus ojos tristes devinieron en manantial pacífico. Menos pelo, embarnecido, pero con las mismas manos tersas que prometían develar misterios. Después Marianita descubriría que debajo de esa mansa armonía había corrientes intensas. Diez años en México trabajando para una trasnacional le dio a Anselmo los recursos para instalar un despacho en sociedad con Beto Rentería, y venirse con la familia a vivir aquí “desde hace un año, más o menos”, con viajes constantes al extranjero para una empresa china que encontraba en el puerto el centro ideal para emprender, desde ahí, su expansión nacional.

—¿Y la familia? —quiso saber Marianita. Anselmo no dejaba de admirar en las mujeres, de esa aparente dispersión constante, la eficiente atención que podían lograr en medio del caos. Sonrió, brindó a su vez por “los vientos alisios que del pasado llegan, mi querida amiga” y la sacó a bailar cachete con cachete, ombligo con ombligo que la banda local ejecutó con donaire.

Lo demás lo fue reconstruyendo Marianita entre orgasmos, cada que los delirantes coitos lo permitían. Al tercer encuentro posterior a esa noche del bar, Marianita respiró ahíta al venirse los dos en un estertor animal, escurriendo contenta su simiente que, por ahora, nomás a ella inundaba. “Nos estamos separando”. Anselmo estaba vacante; para Marianita era suficiente, qué importaba el pasado.





III

Precisamente, esto es lo que desesperaba a Lucía. A como pintaban las cosas se estaba agarrando a un clavo ardiendo.

Luego de la carne asada, últimos intentos para retener a Anselmo a su lado, Lucía no veía de veras mayor interés en él. ¿De verdad había dejado de amarla? Mucho se había arrepentido Lucía ya de aquel error. “¿En qué estaba yo pensando?”

—En la calentura —le había dicho Marianita con sorna. Y Lucía se afligía. Admitirlo era tanto como decirse a sí misma puta. Quinientos años de catolicismo en México no habían pasado en balde. Esa culpa siempre joroba a cualquiera.

Las dos o tres reuniones ulteriores con Anselmo no cambiaron las cosas entre ellos. Marianita sólo escuchaba en silencio la desazón de su hermana, que doblaba hasta lo imposible una servilleta de papel para, compulsiva, volverla a desdoblar. Así que mejor optó por desanimarla, a sabiendas que ese camino no garantizaba desfacer el entuerto, pero lo deseó. Por las dos.

—No me ha perdonado, ¿verdad? —susurró Lucía desde el hueco en su estómago, con gotas de sal aferradas a sus pestañas. Marianita no encontró el modo para advertirle que también a su romántico recuerdo el tiempo se lo jodía.

—Hay cosas que nadie perdona... Y quién sabe si a Anselmo le interese pensar en eso. A lo mejor se volvió joto. Ay, yo no sé por qué estás empeñada en vivir con él, ni que no hubiera más hombres. ¿Luego no dices que ya no te quiere?

¿Cuánto dices que te costó el brasero?

Foto e ilustraciones: RAF

11 comentarios:

Anónimo dijo...

hay estoy a punto de la lagrima y cuando mas emocionado estaba se termino.
tiene buena moraleja, lo que la mayoria de las mujeres busca 0.0
que bueno que es activo en el bloc profe.

Ruy Alfonso Franco dijo...

Gracias Geovanny, intento ser lo más productivo.

Gracias por el comentario; un abrazo.

Arturo Herrera dijo...

Dos mujeres, dos historias. Amigo, pero lo más importante es lo que no se dice (lo que no se dicen). En todo el texto hay una verdad que puja por salir, que trata de escurrirse y ser transparente. Pero, amigo, hay algo en el ser humano que lo invita a la opacidad. Esta vez fue el bracero.

Un abrazo profe.

Ruy Alfonso Franco dijo...

Bueno, la tendencia al hablar de infidelidades o de motivos por el cuál se cometen, siempre se pone al hombre como el infiel por naturaleza, esta vez quise probar suerte con lo opuesto. Pero sobre todo con los entendidos; ya sabemos, no siempre es el león como lo pintan, jejeje.

Maese, lo que ne me quedó claro con tu comentario al final, es si la figura deslavada de Anselmo es algo bueno o más bien algo malo.

En lo particular, mi personaje preferido es Marianita, a quien ni juzgo ni someto.

Gracias por tus observaciones.

adrichabat dijo...

No si de que hay mujeres infieles las hay como también hermanas traidoras. Incluso hay viudos a quienes la cuñada comienza ayudandole al cuidado de los hijos y termina cuidandolo a él y heredando la familia de su hermana. Habiendo tantos hombres venir a fijarse en su cuñado. ¿Será que podía mirarse al espejo sin culpa?
Gracias por compartir tus apasionantes escritos.
adri

Arturo Herrera dijo...

No lo sé, amigo, Anselmo está (bien lo dices) deslavado, las motivaciones aunque el desconozca la verdad de su esposa están ahí. Ocultas pero sufridas a través de los años. Bueno o malo, no lo sé.

Un detalle amigo, al final preguntas por el precio del bracero, en la primera lectura se me fue, pero bracero viene de brazo, de trabajador.
¿A eso te refieres? o es un brasero que viene de brasa, de carbón ardiendo. Ahora tengo más dudas sobre el final del texto.

Adri, la humanidad se enamora, o sólo tiene sexo, con lo próximo.
No es un asunto de elección: se ama a lo cercano, a lo que está a mano.
Todo lo demás es un asunto moralino, que como dice Ruy se debe a quinientos años de catolicismo castrante.

Abrazos a ambos

Jorge Fax dijo...

debe ser tambien porque ya no poderse amar como Dios manda, sino porque "asi debe ser porque ya esta escrito" es simplemente desastroso... porque deseamos amar siendo libres...

Al mismo Bunbury le daria Envidia de tanto Amor brutal y mustio...
que viva el poder trasgredir las reglas!

Ivytaste dijo...

En esto de las infideidades, me pregunto hay seres fieles?...

La diferencia es la discresión, nada mas, y bien dices, ese peso que cae por la herencia de culpas impuestas por las religiones, creadas para eso, causar culpas y manipular. Mea culpa, jeje

Hay seres fieles? jajaj
La "traicion", es cuestión de tiempo, a pero para algunos los tiempos, que cortos son!

Besos Oso

Ruy Alfonso Franco dijo...

Creo que no linda Ivy, en todo caso son excepcionales los seres que son fieles. La mayoría o somos fieles a la fuerza, jejeje ---pero nos morimos por dejar de serlo--- o sencillamente nos vale un comino y damos rienda suelta a nuestros instintos... Por muy animales que parezcamos, pues eso somos.

Abrazos bellísima amiga.

Kanina Dioz dijo...

Yo tambien prefiero hablar del precio del brasero. ja ja ja

Ruy Alfonso Franco dijo...

¡Jajajaja!, por eso digo. Quedó en familia, jejeje.